Muse – The Resistance.

En Black Holes And Revelations, Muse simulaban con arrebatos esporádicos de furia eléctrica y arreglos ávidamente insertados el éxito de álbumes anteriores, sin poder eludir la sospecha de que se trataba de mera apariencia. La efectividad del conjunto se sostenía por hilos de finísimo grosor. En The Resistance los arreglos han pasado a tener una presencia abusiva, quedando a la vista más que nunca la falta de un ideario que transmitir. Han estirado el hilo hasta cederlo.
Uprising, single estático y homogéneo pero prometedor en un modo muy similar en el que lo era Supermassive Black Hole, hace depositar unas expectativas en el resto de canciones que, de haberse cumplido, servirían para pasar por alto las flaquezas de este. Resistance levanta un poco el vuelo, pero se provee de arquetipos melódicos sin transformar ni adaptar a su estilo, limitándose a reproducirlos. Este síntoma nada por todo el álbum, especialmente en Undisclosed Desires, el tema más acomodado de todo el grupo con permiso de Starlight (y, aún así, resultón).
United States of Eurasia peca de demasiado referencial. No quiero ver a mi grupo favorito imitando a Queen de forma tan explícita y obvia. Unnatural Selection y MK Ultra, probablemente los dos mejores temas del álbum y que nos devuelven el espíritu más primigenio del grupo, tienen riffs potentes pero sin inventiva. Las tres partes de Exogenesis están francamente bien, pero no era el colofón que estábamos esperando. Si Muse quería componer una sinfonía ligeramente adulterada, habría sido más adecuado que la lanzaran en un EP, al menos se habrían evitado quejas y malentendidos posteriores. Pero querían darse un capricho y se lo han dado, con su estatus nadie iba a negárselo.
Lo más destacable de The Resistance es que, siendo su peor disco y la prueba tangible del agotamiento creativo del grupo, todas las canciones se encuentran lejos del tan acusado exceso, sólo que a cambio se bordea peligrosamente una mediocridad antes inédita que no hace más que avivar la sensación de que han perdido un poco el rumbo. Nos queda una sincera devoción por la música clásica y el aliento de las solemnes guitarras que les dieron a conocer. El hilo todavía no se ha roto.
El proceso: buzo-buzón de deseos.
He pasado todo el mes de agosto en tierras irlandesas, pero no es de lo que voy a hablaros hoy. Cuatro días antes de irme a Irlanda, volví de Dinamik(tt)ak ‘09, un campo de trabajo de dos semanas muy poco normal. Estaba orientado hacia la creatividad, y se desarrollaba dentro del museo Artium en Vitoria, dónde dormíamos, nos aseábamos… Y convivíamos con el arte desde el mismo momento en el que nos despertábamos. Pero tampoco voy a hablaros de eso. Os voy a contar cuál fue el proceso de creación de la última actividad que hicimos.
La idea surgió de un cuadro de inquietudes comunes. Cada uno dijo qué era aquello que le preocupaba, lo unimos todo en una especie de esquema existencial y pensamos en transmitírselo a la gente. Y así estuvimos un buen rato. ¿Por qué habría de interesarle a la gente lo que a nosotos nos preocupa? ¿No sería más enriquecedor hacerles partícipes de algo que no supusiera una mera recepción de preocupaciones ajenas? Tal vez eso era lo mejor. Del mismo modo en el que nosotros habíamos puesto en común inquietudes y deseos, dejar que la gente lo hicera también. Partiendo de este punto, el problema no era tanto encontrar una idea original, sino dar con formas originales de llevarla a cabo, de que la gente se involucrara.
Así pues, tras barajar un sinfín de posibilidades y relacionando todo lo que teníamos a nuestro alcance, nos pusimos finalmente de acuerdo en emprender una travesía en busca del imaginario colectivo local. Fuimos por las calles de Vitoria disfrazados con buzos, tocando una breve melodía inicial con dos instrumentos para que la gente se percatara de nuestra presencia, invitando a la gente a que compartiera sus deseos con nosotros, reivindicando su importancia en el día a día, animándoles a conseguirlos y grabando el acontecimiento. La gente podía decir a cámara su deseo, o si les daba vergüenza, pegar un post-it en el buzo. Repartimos flyers en los que explicábamos por qué coño íbamos con esas pintas, y qué se haría después de “la recolecta de deseos”. Se expondría un vídeo en el Artium sobre el evento y cualquiera podría ir a verlo gratuitamente.
Después, una ardua tarea de edición nos esperaba. Tenía que ser un vídeo corto, de unos 5 minutos. Había mucho material, del que desechamos una considerable porción. Ese día tuve mi primer encuentro con esa fascinante y enigmática herramienta que es el montaje, y la oportunidad de empezar a concebir sus infinitas posibilidades. Escogimos una música para dinamizar los momentos en los que íbamos de aquí para allá (necesarios por otra parte para evitar la saturación de deseos). No debía ser nada que acaparara atención, sino más bien todo lo contrario, que resultara invisible. Es increíble la cantidad de tiempo que hay que dedicar a tareas internas de las que la gente normalmente sólo se percata cuando salen mal. Si salen bien, confórmate con que nadie te diga nada. A pesar de todo, la experiencia de haber realizado un trabajo así en equipo eclipsó toda posible sensación de amargura.
Aquí está el resultado: