Recomendación musical: Eloy.

junio 28, 2011 at 1:56 pm (Música)

Eloy es una banda de rock progresivo y krautrock alemana que surgió a finales de los 60, para dar lo mejor de sí a lo largo de la década siguiente. El nombre viene de la raza del futuro que describió H.G. Wells en La máquina del tiempo. Y así es más o menos como uno se siente al escuchar a este grupo. Se reconoce lo añejo y lo pasado en los instrumentos, pero la utilización siempre nos remite a la visión de un futuro con aliento místico.

Si hemos de hablar de su obra más redonda, seguramente habría que quedarse con Ocean. Cuatro canciones de extensa duración, en las que no se dan señas de empacho progresivo interminable (bueno, sólo un poquito), marcadamente influenciadas por el space rock (lo cual se vería con mucha más claridad en Silent Cries And Mighty Echoes), y en las que prevalece siempre esa atmósfera ascética que impulsan los coros fantasmales y los órganos eclesiásticos. Incluye la que probablemente sea su canción más alabada, Poseidon’s Creation, y sin duda una de las mejores.

No obstante, mi disco favorito del grupo es la secuela de este, Ocean 2: The Answer. Por un lado, el hecho de estar realizado dos décadas después le aporta un mayor dinamismo instrumental, y por otro lado, es mucho más variado. Desde el ambient inquietante de Between Future And Past, hasta la concisión de Serenity y su grave melodía de bajo, pasando por los emotivos coros femeninos de Reflections From The Spheres Behind y los ecos marítimos y calmos de Waves Of Intuiton. Una delicia.

Eloy siguen estando todavía en el candelero. El año pasado sacaron nuevo disco, Visionary, en el que volvían con resultados discretitos al sonido de sus primeros discos. Y como toda buena banda de rock progresivo, las portadas de sus discos son para enmarcar en un museo, puro fulgor retrofuturista y surrealista.

Eloy – Inside (1973):

Eloy – Floating (1974):

Eloy – Ocean (1977):

Eloy – Silent Cries And Mighty Echoes (1979):

Eloy – Colours (1980):

Eloy – Metromania (1984):

Eloy – Ra (1988):

Eloy – The Tides Return Forever (1994):

Eloy – Ocean 2: The Answer (1998):

Permalink Dejar un comentario

El acto de presencia de un invitado de honor: la magia.

junio 22, 2011 at 11:14 pm (Críticas, Mis críticas)

Harry Potter y las reliquias de la muerte: Parte 1 supera con mucho a la olvidable entrega anterior y disipa mis prejuicios sobre dividir la última entrega en dos partes. Sí, era por la pasta, pero también estaba justificado narrativamente. Los hechos mostrados aquí están muy bien dosificados a lo largo del metraje, y meter ambas partes en una habría acabado saturando por acumulación.

Si algo distingue a esta de las dos o tres entregas anteriores es que, como dice un personaje en la película, algo ha cambiado. En el apartado técnico luce igual de bien que siempre, con efectos especiales currados y convincentes. No hay cambios en eso. El cambio está en el uso que se hace de esas herramientas. Mientras que en el pasado el mero intento de epatar o la monotonía ganaban la jugada, aquí parece haber una verdadera noción del propósito al que sirven esos elementos. De saber que no son más que accesorios de algo mayor.

Las escenas de acción están rodadas impecablemente, tienen mucho nervio y, lo que es más importante: están perfectamente integradas en la trama principal, la de una misión acuciante que en ocasiones alcanza matices místicos inesperados. Y que las (escasas) concesiones al tonteo no resulten empalagosas tiene un mérito considerable (¿he oído Crepúsculo por ahí?). Meritorio es también conseguir que la muerte de una criatura mágica resulte más trágica que la de un humano. Pues con ella no sólo muere el individuo, sino una parte del mundo al que pertence.

En esta penúltima entrega se aprecia un pulso narrativo que no se veía desde la tercera, cuando Alfonso Cuarón le dio un brío adulto a todo el tinglado. Aquí se mantiene ese espíritu. La maldad que antes estaba más restringida, más localizada, va extendiéndose hacia terrenos cada vez más familiares. Los protagonistas ya no van a Hogwarts, la magia ya no les rodea. Se convierten en sus buscadores, como el espectador. Y ya sea bajo la forma de chispazos de varita o de luces tenues al anochecer en un recóndito bosque; afortunadamente, ambos la encuentran.

Permalink 1 comentario

Biffy Clyro – Only Revolutions.

junio 18, 2011 at 5:09 pm (Críticas, Música)

Siguiendo la estela de Puzzle, el temprano regreso de Biffy Clyro sigue encaminado hacia la comercialidad con cada vez menos pudor en las formas. La agresividad y el break the tempo han pasado a ser cosa del pasado, y exceptuando dos o tres, todos los temas de este Only Revolutions desprenden una ligereza y una jovialidad rebosantes de optimismo que contrasta mucho con trabajos anteriores.

Ese contraste podría llegar a ser positivo si no viniera acompañado de una (a veces extrema) dejadez en las composiciones. Los arreglos circenses de The Captain no pueden camuflar su simpleza pop. En That Golden Rule se dan cita unos estupendos retales sinfónicos en su parte final y un sonido desaliñado, poco definido aunque cañero en el resto de la canción. Bubbles y Born A Horse son canciones agradables e inofensivas que no deparan ninguna sorpresa; poca hostia para el potencial del grupo. Ya he hablado de lo mucho que me gusta Mountains. Esta, junto con Booooom, Blast & Ruin y Cloud Of Stink contribuyen a que la sensación de decepción no sea tan abrumadora, porque el último trabajo de Biffy Clyro contiene también sus baladas más impersonales, clónicas e inservibles: God & Satan, Many Of Horror, Know Your Quarry… Nada más y nada menos que relleno estéril.

Se echan de menos los violentos cambios de ritmo (que transpiraban desdén hacia los convencionalismos melódicos), los alaridos, el cóctel de influencias y el hardcore trasnochado de The Vertigo of Bliss. El último disco de la banda no es una decepción absoluta, pero sí un disco nada propicio para empezar con el grupo, ya que de tan accesible da una idea equivocada del resto de sus trabajos. No obstante, tiene dentro el temazo de Mountains más un puñado de buenas acompañantes, y se mantiene la tradición de alegrarnos la vista con la portada.

Permalink Dejar un comentario

Crumb.

junio 10, 2011 at 9:53 am (Críticas)

Crumb no sólo llega a la raíz de la motivación artística, a describir con convicción la necesidad de hacer algo (lo que sea) que te aparte de la mugre que te acompaña día tras día y de amar apasionadamente el viejo y polvoriento cómic encerrado al fondo del último cajón que tan puramente rinde tributo a la inocencia de Bobby Driscoll.
No sólo es un impecable retrato a fondo del artista.

Muestra lo irreversiblemente nocivo de los lazos familiares, la extraña aparición de las orientaciones sexuales menos esperadas, el peligro que supone una estancia permanente en la frivolidad de la fama, en su mundo y con sus reglas, que puede llevarse a tu genio por delante a ritmo de rayas y de mujeres que jamás se habrían fijado en tu enclenque figura de no ser por tu obra. El abatido gesto de aislarse cuando la sociedad ya te ha tirado toda la mierda que podía. La angustia de ser talentoso y ver que las estructuras que deberían darte alas sólo fomentan el más ciego servilismo. Todo esto se expresa mediante declaraciones de tres hermanos, pero sobre todo, atendiendo a un hombre del que sólo me atrevo a decir sus iniciales: C.C. Cuando Crumb acaba, sólo esperas poder escapar pronto de la sensación de frustración y abatimiento que deja el haberse acercado un poco más a nuestra incierta naturaleza.

Permalink Dejar un comentario

Margot y la boda: Rechazo a la sensiblería.

junio 2, 2011 at 3:01 am (Críticas)

Inesperada fue la sorpresa que me llevé con Margot y la boda. No sé por qué pensé que, tras su debut, Noah Baumbach tiraría más hacia lo comercial con su segunda película. Pero no sólo no lo ha hecho, sino que ha enfatizado ese carácter independiente y deliciosamente personal, demostrando que le importa un comino que le abucheen en Sundance o que la mitad de los que vean su película la rajen sin piedad; no ha corrompido su estilo en favor de los intereses de una gran productora o de ganar premios en un festival, sino que ha contado su historia, a su modo, y deduzco que no tuvo grandes restricciones. Pocos directores actuales se mojan tanto a la hora de mostrar a sus personajes en todas sus vertientes, sin eludir detalles escabrosos (este, junto con Todd Solondz, me parecen los dos principales exponentes de esto). Baumbach es de la filosofía de “habla sobre lo que mejor conozcas”, su cine es muy autobiográfico y esto se nota mucho. Por eso no comprendo cuando alguien dice que sus personajes son inverosímiles, o las situaciones increíbles, cuando el director se ha basado en traumas de su propia vida, reales.

Comprender el modo de narrar de Baumbach es comprender qué motiva a sus personajes, y para esto debemos remitirnos a su debut. A su pasmosa facilidad en untar de verdad a sus personajes, a la silenciosa evolución de estos que deducíamos mediante su conducta, a sus miradas suplicando comprensión. Su segundo film tiene las mismas constantes, se nutre a base de la franqueza de sus personajes. El personaje de Nicole Kidman, sobre todo, está lleno de matices. La breve aparición de John Turturro es vital para que comprendamos qué imagen tiene de sí misma, sobre todo en la emotiva escena en la que esperan fuera del coche (y en otra más tarde con su hijo). Nos damos cuenta de que utiliza la verborrea para ocultar sus deseos primarios, sólo que el personaje de Turturro cala y acepta esa vulnerabilidad y el hijo sólo recibe el impacto directo de sus palabras. También queda patente su naturaleza contradictoria, salvo en el final, en el que finalmente parece haber aclarado su orden de prioridades. Ese arrebato sorprende y conmueve, por humano. Muchas películas en las que el amor es el tema central matarían por saber contar todo lo que cuenta esta sobre él en una sola escena.

Ojeando las críticas hacia esta película me he percatado de que lo que hay aquí es una falta de empatía enorme (y preocupante), que me lleva a pensar en que se le pone demasiada distancia al cine. En cuanto una película cuenta algo de nuestro “yo” más repulsivo procedemos mecánicamente al rechazo, como si la cosa no fuera con nosotros. No nos gusta reconocer que en nuestra personalidad hay algo podrido, y menos verlo reflejado en pantalla. Por eso, toda esa bilis injustificada sólo revela una cosa: cobardía, y de la peor clase: cobardía para consigo mismo.

Mucho se ha hablado también de lo surrealista de muchas situaciones, pero lo que en verdad rezuma Margot y la boda es caos. El caos de personajes que han estado años reprimiendo unos sentimientos que salen a la luz, sin saber muy bien cómo ni por qué. El caos de comprobar que los lazos que unían a tu familia se han quedado en nada. El caos de ver lo cruel que puedes llegar a ser con aquellos a quien quieres y admitir que eso forma parte de ti. El caos de ver cómo algo que creías tener controlado se te escapa de las manos. El caos de charlas triviales que anticipan desmoronamiento, arañazos a la autoestima y… más caos. Pero no es, en absoluto, un caos gratuito. Todos saca(mos)n algo de ese caos. Aprenden a escoger lo que realmente importa, a no pisar la misma piedra una y otra vez, a aceptarse tal y como son, a no dejar que la opinión ajena influya en las decisiones propias… Y todo esto sin un atisbo de moralismo. ¿Cuál es pues el secreto de Margot y la boda? Pues ni más ni menos que su implícita apología de lo implícito. En estos tiempos en los que la sensiblería está a la orden del día y se busca desesperadamente ese momento de lagrimeo fácil, alguien nos remueve sin interés en buscar ese instante barato de euforia, y se molesta en ahondar en la psique de los personajes, consiguiendo así, contarnos muchas más cosas (para quien sepa y quiera verlas, claro) que yendo por una vía más fácil.

Margot y la boda está repleta de detalles grandiosos y dolorosamente reales. Estos detalles, junto con la valentía y sinceridad de Baumbach en las formas (y un poco de empatía por parte del espectador) hace, o debería hacer, que nos impliquemos con sus personajes, y que queramos saber a dónde van a llegar. Porque Margot y la boda es una película para el espectador dispuesto. El espectador dispuesto a penetrar en los personajes; o lo que es lo mismo, zambullirse en un mar de pensamientos difusos y enmarañados y acabar replanteándose la relatividad del todo.

Permalink 5 comentarios