Scream 4: si quieres sobrevivir di que eres gay.

julio 28, 2011 at 9:00 pm (Críticas)

Los tiempos han cambiado y eso Wes Craven lo sabe muy bien. Scream 4 comienza con un repaso a los clichés y tópicos que han dominado el género de terror durante la última década. La proliferación del gore, las niñas japonesas con el pelo en la cara, el remake del remake, la precuela de la precuela, la fotocopia fotocopiada. Todo esto en clave metacinematográfica, sugiriendo que no hay nada nuevo bajo el sol, que todo es un sucedáneo de otro. Una Stab dentro de otra.

Lo que viene a continuación, la película en sí, no es algo innovador o revolucionario, pero sí que propone una sofisticación de lo ya conocido. Se presta especial atención a las nuevas tecnologías, no sólo como signo de lo actual, sino también como herramientas narrativas que se usan en algunos de los mejores momentos del film. Diálogos chispeantes, muertes sangrientas y un ritmo in crescendo contribuyen a que Scream 4 entretenga en cotas más altas que las dos secuelas anteriores, situándose al nivel de la primera.

Hacia el final, sin spoilear nada, hay una breve cavilación sobre la fama. Hubo un tiempo en el que la fama era un complemento del reconocimiento por una obra, pero hace mucho que eso ya no funciona así. No hace falta dar nombres, pero todos sabemos que ahora el concepto de fama responde, en su mayoría, a banales ínfulas de popularidad. Y el plano final de Scream 4 muestra que tras ese tipo de fama no se esconde más que la nada, la muerte interior.

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Sucker Punch: todo cabe en el mundo piruleta.

julio 24, 2011 at 10:52 pm (Críticas, Mis críticas)

Sucker Punch, lo nuevo de Zack Snyder, era la película que más me apetecía ver esta temporada. No podía parar de ver el trailer y cada avance me acercaba más a la idea de que esto sólo podía molar. Y así ha sido, aunque no en las desorbitadas medidas que esperaba. Tenía las expectativas demasiado altas y tal vez las duras críticas recibidas en Rotten Tomatoes vinieran bien para bajar el hype. Sea como sea, he disfrutado ya dos veces de este goloso espectáculo cuyas cualidades aumentan al no encontrar nada equiparable en el mainstream.

Sucker Punch empieza estupendamente, con un telón que se abre ante un prólogo con alma de cuento oscuro. Una versión del Sweet Dreams de Eurythmics cantada por la propia Emily Browning acompasa perfectamente las primeras imágenes, mientras que la lluvia sobre el cristal de un coche revela el título de la película (golosinas formales con las que Snyder va poblando su película).

Tras un breve paseo por el manicomio (no hay que olvidar esa composición de planos en la conversación de Blue con el padrastro de Baby Doll, heredera del mejor Brian De Palma) comienza la fantasía. Un burdel en el que las protagonistas se ven obligadas a bailar y utilizan el poder hipnótico de ese baile para robar unos objetos supuestamente indispensables para su huída. Sí, la excusa para las escenas de lucha videojueguil está muy cogida con pinzas, pero es aquí cuando el espectador ha de ver las cosas de otro modo, olvidar la lógica y disfrutar del papel que juegan Tomorrow Never Knows de The Beatles o White Rabbit de Jefferson Airplane en la transición a mundos más excitantes que este.

Esos mundos tienen la hechura inconfundible de un videojuego. La lucha con los samuráis gigantes es el tutorial, la escaramuza en las trincheras de la Primera Guerra Mundial la primera y más sorpresiva misión. La batalla contra orcos y dragones es una alocada partida multijugador y la pelea contra robots en el tren un shoot ‘em up en toda regla. Falta un último gran nivel, uno que ponga la guinda del pastel al impresionante despliegue estético de Snyder. Este es sustituido por el drama de la vuelta a la realidad y una última revelación que si bien no es del todo decepcionante, nos deja con ganas de más. SPOILER: Cuando Baby Doll llega al manicomio parece que la lobotomizan directamente, pero omiten el lapso de tiempo en el que ayuda a escapar a Sweet Pea. De ese modo, se sugiere que la fantasía de Baby Doll tal vez tenga tanto de fantasía como de recuerdos FIN SPOILER.

Lo peor que le puede pasar a una película como Sucker Punch es que el espectador no cambie el chip, manteniendo una mirada sobria que observa con desdén la extravagancia de lo que desfila ante sus ojos. Bien, ahí sólo puedo decir que lo siento. Si queréis una película lógica sobre los sueños (aunque dé por culo a la naturaleza intrínsecamente irracional de estos) ahí tenéis Origen. Sucker Punch es un espectáculo descompensado y algo tonto, sí, pero a su vez vibrante, dinámico, delicioso y con una de las mejores escenas de acción que servidor ha visto en mucho tiempo (la de la Primera Guerra Mundial).

Sólo cabe lamentar unos excesivos devaneos con el melodrama que rompen el espíritu jovial de lo anteriormente visto y la falta de un clímax más explosivo. Aún así, Snyder ha parido un retoño por el que seguramente le caparán vistos sus resultados en taquilla, pero que aporta un importante granito de arena para la renovación de ese terreno oxidado y formulaico que es el mainstream. No perdamos el tiempo quejándonos de sus fallos, porque tardaremos mucho tiempo en volver a ver algo así. Cuando estemos embotados por el agrio sabor del lugar común en las superproducciones; entonces sí tendremos motivos para quejarnos.

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Bug: la locura está a la vuelta de la esquina.

julio 21, 2011 at 9:42 pm (Críticas, Mis críticas)

¿Os ha pasado alguna vez que creéis entender algo de cierto modo y luego os dais cuenta de que la realidad era muy diferente? A mí sí. Lei un texto titulado María, en el que se hablaba de alguien que no sabe hacer nada bueno por nadie pero todo el mundo acude a ella. Yo deducí que era una personificación de la droga, pero luego me dijeron que no, que el texto estaba escrito de forma completamente literal. Algo parecido narra Bug (William Friedkin, 2006), aunque a un nivel mucho más enfermizo.

Si Friedkin no ha rodado ninguna película desde Bug, es porque esta es un salto al vacío, puro riesgo, y sin duda asustará a todo productor que se plantee apostar por su siguiente trabajo. Y es que Friedkin ha hecho no sólo una película plenamente coherente con el resto de su filmografía, sino una que exacerba sus rasgos autorales. En Bug, una ambigüedad creciente se va apoderando de los personajes, un cambio interno provocado por los vericuetos más turbios de la sociedad. De aquí se exhala un ambiente malsano que va de la mano con la psique torturada de los personajes.

En este caso, una Ashley Judd que, lejos de estar en horas bajas, se entrega devotamente al papel y borda sin complejos el retrato de una lesbiana que intenta purgar el mal que le han causado los hombres con la bebida. El personaje que interpreta Michael Shannon supone para ella la posibilidad de rehacer su vida, aunque le cubre un manto de dudas. Al principio le presentan como un asesino en serie, más tarde no parece más que una persona tímida y luego algo mucho más oscuro. Lo que está claro es que Shannon es capaz de hacer pasar a su personaje por todas esas etapas resultando no sólo creíble, sino intimidante, peligroso. Por algo es uno de los mejores actores de su generación y de la actualidad (otra prueba de su talento es su papel de Van Alden en Boardwalk Empire).

Tras una primera media hora en la que ambos caracteres se van definiendo, evolucionando, llega la paranoia. Y con ella la mutación de la personalidad del individuo (una constante en el cine de Friedkin). Todo ello apoyado en un ambiente opresivo entre cuatro paredes y la interacción entre los dos intérpretes principales. El origen del guión es un obra de teatro, así que esa interacción tiene mucho de teatral. Los escasos recursos de puesta en escena se suplen con una intensidad candente en las miradas de Judd y Shannon, un bis a bis impetuoso, violento y de una tensión a prueba de escépticos. Incluso cuando el guión elabora unas cada vez más rocambolescas teorías conspirativas, escucharlas a través de la voz de ambos actores las hace casi tangibles.

Friedkin también se ha caracterizado por no cortarse nada en los finales. El de Vivir y morir en L.A. nos dejó a muchos atónitos, y el de esta no es para menos. Un escupitajo a la ortodoxia, una conclusión terrible que cierra con broche de oro el discurso paranoico sobre el que gira la película: las tretas que elabora nuestro cerebro para crear una falsa realidad racionalizada y, por tanto, creíble. Ver sólo lo que uno quiere ver. Y con ese final se confirma, por si no había quedado claro, que William Friedkin tiene un par de huevos.

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Kings Of Leon – Come Around Sundown.

julio 18, 2011 at 4:10 pm (Críticas, Música)

Retomo el blog con un halo de decepción que corresponde al último disco de uno de mis grupos favoritos. Come Around Sundown de Kings Of Leon es el primer disco flojo del grupo. Tenía fe en las declaraciones de Caleb Followill (vocalista) durante la presentación del Only By The Night (“nuestro mejor disco está aún por llegar”), pero nada. El disco es un rato decepcionante, y eso que soy fan acérrimo.

Lo que menos me gustó de su disco anterior fue con diferencia el estribillo de Use Somebody, tan impersonal y complaciente de cara al gran público. Pues bien, la mayoría de canciones de este Come Around Sundown están impregnadas de ese tufillo condescendiente. Sólo Mary y No Money levantan el listón con un algo de guitarreo rabioso y melodías sentidas. En Back Down South parece que les entra morriña, haciendo un amago pobrísimo de vuelta a sus raíces sureñas automáticamente anulado por la ampulosidad de la producción. Pony Up empieza bien pero se estanca. Birthday y Radioactive no están mal, pero no aportan nada especial y ablandan la figura de un grupo con un pasado más indómito. El resto, directamente, sobra. Al menos sigue manteniéndose la tradición de dejar lo mejor para el final, y si los cierres de sus dos discos previos (Arizona y Cold Desert) se revelaban como dos de sus mejores temas, Pickup Truck lo hace como el único tema realmente bueno del disco.

El coqueteo con el rock de estadio sólo les ha dado para un buen disco. Espero que se den cuenta. Necesitan volver, o bien a la fiereza garajera del Because of the Times, o bien a las raíces sureñas de sus dos primeros discos. También podrían probar a hacer algo de neopsicodelia, aunque entronque con su carácter más terrenal, o hacer algo parecido a los Arctic Monkeys y tantear el stoner rock… No, nada, olvidad eso. Lo único que sé es que si siguen por este camino van a terminar por destruir el reconocimiento concedido por fans que, como yo, les considera(ba)n uno de los mejores grupos de rock actuales.

Podéis descargar el disco aquí.

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Agnosia: inconformismo formal.

julio 12, 2011 at 11:07 pm (Críticas, Mis críticas)

The Birthday, primoroso y marciano debut de Eugenio Mira, fue una película inaudita dentro de la cinematografía española. Tan inaudita que pasó completamente desapercibida y ni siquiera obtuvo el éstatus de culto que merece. Dada esta situación, a nadie le sorprendería que su director se desquitara con un producto comercial para compensar gastos. Nada más lejos de la realidad: el riesgo no es, en absoluto, un elemento perdido en su segundo largo.

No son pocas las cualidades que hacen de Agnosia una película a tener muy en cuenta, empezando por ese riesgo que en el marco actual del cine español se convierte en virtud incontestable. La prueba más visible de ese riesgo es una suerte de “transfusión” de géneros distintos que van reclamando su peso a lo largo del metraje. Desde el thriller al drama romántico, pasando por un fantástico más intuído que mostrado. Por momentos el collage de genéros se tambalea y chirría víctima de su propia ambición, pero la mayoría del tiempo la sensación es de un desconcierto positivo.

Mira hace gala de jugueteos formales que, junto a una cámara inquieta (no en el sentido “tembleque”, sino que rara vez se mantiene un primer plano sin girar para contemplar el entorno que lo envuelve) recuerdan fugazmente a Brian De Palma, aunque el director niegue su influencia en entrevistas y aluda a referencias más clásicas. En todo caso, los alardes talentosos no terminan aquí. El montaje hace un uso espléndido de las elipsis expresivas; concretamente, en acciones simultáneas unidas por símbolos comunes (el amago de disparo en una escena deriva en el disparo real en otra, una mención de diálogo en una escena deriva en la realización de dicho diálogo en otra) que fortalecen la narración. Y la banda sonora, compuesta por el propio Mira, brilla en sus momentos más minimalistas, aunque en otros rezume una épica algo forzada.

Por otra parte, la puesta en escena y ambientación son algo más que elegantes: son fastuosamente inmersivos, con el regusto gótico de Poe y un tenebrismo casi pictórico. La cuidadísima fotografía de Unax Mendía recoge todo eso y hace de la cinta una experiencia visualmente exquisita.

En el aspecto negativo, tenemos, por supuesto, a Eduardo Noriega. Parece que este hombre no ha hecho más que involucionar en sus aptitudes dramáticas con el tiempo. Aquí concretamente, es el causante de que la mayoría de escenas en las que aparece pierdan credibilidad con ese recitar mecánico y antinatural de las líneas de diálogo. Aunque se entienda su presencia como un reclamo comercial, cabía esperar una interpretación algo menos terrible. Tal y como es mostrado en algunas escenas, su personaje es sólo una sombra desenfocada que acaba con la paciencia de su mujer y la del espectador. Bárbara Goenaga tiene un encanto innato y está correcta en su papel, pero su carácter no está pulido y algunas de sus reacciones chocan (la sobreactuada felicidad con la que recibe a su marido tras la “confusión de roles”). Félix Gómez es el mejor parado de todos. Las motivaciones de su personaje están muy bien definidas y su interpretación es coherente con ellas.

Respecto al guión, a pesar de su enredado desarrollo yo no le veo grandes flecos, pero sí tengo dos objeciones en cuanto a su estructura (también ha podido ser cosa del montaje). La escena en la que se presenta al personaje de Félix Gómez y luego se retrocede días atrás está muy desaprovechada. Cuando se volviera a llegar a ese punto de la narración, lo suyo habría sido repetir esa escena, cosa que no ocurre. Para entendernos, en Origen se hacía eso, y aunque sólo valga para decir “ahá, así que esto era lo del principio”, ubica al espectador y le da sensación de seguridad a la narración. La otra objeción es que las escenas en la fábrica con Noriega y Sergi Mateu no aportan absolutamente nada, son un lastre aburrido y burocrático.

Palideciendo un poco en la dirección de actores y en unos diálogos en ocasiones demasiado lánguidos, Agnosia es, con todo, la película española formalmente más interesante del año y una de las más estimulantes. Las malas críticas que está cosechando pueden responder a la dudosa capacidad de alguno de los intérpretes, a guiños cinéfilos y literarios alejados del gusto popular o a su alambicado desarrollo, pero también a un espectador demasiado acostumbrado a fórmulas preconcebidas. A un espectador que cuando le ofrecen algo diferente frunce el ceño en vez de dejarse llevar por el estímulo.

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Dos en la carretera.

julio 7, 2011 at 7:06 pm (Críticas, Proyectos)

Esta es mi aportación para el nº4 de Fuerza Vital, fanzine que consiste en que cada miembro proponga una película y, mediante sorteo, le toque hablar de una que no haya elegido, mientras que otro hablará sobre la que él propuso. Un intercambio rato enriquecedor. El fanzine está disponible en la librería Anti- de Bilbao.

Dos en la carretera (1967), de Stanley Donen.

Ya desde los títulos de créditos iniciales se nos dan pistas de la visión del matrimonio que propone Stanley Donen. El cúmulo de señalizaciones viales simbolizando el mar de sentimientos encontrados y conductas contradictorias que chocan entre sí. Ceda el paso. No adelantar. Parar. Curva pronunciada. No retomar. Avanzar. Camino sinuoso. Amar.

Dos en la carretera es una de esas pocas películas que realmente tratan sobre el matrimonio y sus consecuencias, sobre el cinismo a largo plazo que acaba corroyendo vínculos y soterrando pasiones, sobre dos personajes que se precipitan en juicios y palabras bilaterales de las que pronto se arrepentirán, sobre efímeros recuerdos de un noviazgo radiante que empiezan a borronearse frente al hastío de la rutina inalterable.

La infidelidad es un trámite doloroso que hace trastabillar aún más los cimientos de la relación entre Audrey Hepburn (fresca y natural) y Albert Finney (el rey de la función, cascarrabias patológico tan esclavo de sus arrebatos gruñones como de la bondad que su amor hacia Hepburn le inspira). Empero, resulta necesario para confirmar el poder redentor de su amor mutuo. Como decía Lord Henry Wottom en El retrato de Dorian Gray, “los que son fieles conocen el lado trivial del amor únicamente; el infiel es el que conoce las tragedias del amor”. Así pues, para elevar ese amor de los pantanosos terrenos de la duda, flirtean con los flirteos para descubrir lo adocenado en ellos y regresar a lo verdadero. Es esto lo que la convierte en una película optimista: promueve la posibilidad del reencuentro amoroso aunque para ello haya que completar un círculo vital no poco autodestructivo.

Mención aparte merece la escena en la que unos jóvenes Finney y Hepburn miran a través de un espejo a una pareja mayor discutiendo como si odio fuera lo único que corriera por sus venas. Lo observan con una sonrisa en la cara y desde una confortable distancia. ¿El espejo reflejando un futuro incierto o un fracaso anunciado? Lo más probable es que ese espejo sea, simplemente, un viajero del tiempo que muestra distintas etapas del mismo sentimiento a cada lado del cristal.

La fuerza (vital) de Dos en la carretera radica, pues, en un tratamiento de personajes mucho más hondo del que cabía esperar, en unos diálogos que gozan de un sentido del humor desinhibido y nada caduco, en el inteligentísimo uso de las elipsis expresivas, que acentúan el potencial de los objetos para evocar momentos pasados y dan al montaje la masa en complejidad que una historia tan cargada de matices requería. Sólo flaquea en aislados momentos a cámara rápida propios de la comedia slapstick que aquí se sienten fuera de tono.

Donen fue ninguneado en los Oscar (otra vez), pero el guión de Frederick Raphael obtuvo su merecido crédito en forma de nominación. Sin embargo, es triste ver que una película así no tiene todo el reconocimiento que merece en la actualidad. De lo que no cabe duda es que nos encontramos ante una película sorprendente, audaz y enormemente reivindicable.

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Muse – The Resistance.

julio 3, 2011 at 7:22 pm (Críticas, Música)

En Black Holes And Revelations, Muse simulaban con arrebatos esporádicos de furia eléctrica y arreglos ávidamente insertados el éxito de álbumes anteriores, sin poder eludir la sospecha de que se trataba de mera apariencia. La efectividad del conjunto se sostenía por hilos de finísimo grosor. En The Resistance los arreglos han pasado a tener una presencia abusiva, quedando a la vista más que nunca la falta de un ideario que transmitir. Han estirado el hilo hasta cederlo.

Uprising, single estático y homogéneo pero prometedor en un modo muy similar en el que lo era Supermassive Black Hole, hace depositar unas expectativas en el resto de canciones que, de haberse cumplido, servirían para pasar por alto las flaquezas de este. Resistance levanta un poco el vuelo, pero se provee de arquetipos melódicos sin transformar ni adaptar a su estilo, limitándose a reproducirlos. Este síntoma nada por todo el álbum, especialmente en Undisclosed Desires, el tema más acomodado de todo el grupo con permiso de Starlight (y, aún así, resultón).

United States of Eurasia peca de demasiado referencial. No quiero ver a mi grupo favorito imitando a Queen de forma tan explícita y obvia. Unnatural Selection y MK Ultra, probablemente los dos mejores temas del álbum y que nos devuelven el espíritu más primigenio del grupo, tienen riffs potentes pero sin inventiva. Las tres partes de Exogenesis están francamente bien, pero no era el colofón que estábamos esperando. Si Muse quería componer una sinfonía, habría sido más adecuado que la lanzaran en un EP, al menos se habrían evitado quejas y malentendidos posteriores. Pero querían darse un capricho y se lo han dado, con su estatus nadie iba a negárselo.

Lo más destacable de The Resistance es que, siendo su peor disco y la prueba tangible del agotamiento creativo del grupo, todas las canciones se encuentran lejos del tan acusado exceso, sólo que a cambio se bordea peligrosamente una mediocridad antes inédita que no hace más que avivar la sensación de que han perdido un poco el rumbo. Nos queda una sincera devoción por la música clásica y el aliento de las solemnes guitarras que les dieron a conocer. El hilo todavía no se ha roto.

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