Ratcatcher: vivir con la culpa.

agosto 11, 2011 at 8:29 pm (Críticas)

Hemos visto muchas historias de superación personal, y en casi todas ellas quedan clarísimos los pasos de su redención, se verbalizan. En Ratcatcher no es así, y eso la diferencia del resto. ¿No es algo banal mostrar un cambio interno deletreándolo? ¿No es más noble pagar con la misma moneda y mostrar ese cambio de modo acorde con su condición? Aquí el cambio se gesta con la expresión del niño protagonista, por la forma en la que interactúa con su entorno, por cómo la cámara se posa sobre su rostro. Eso hará creer a muchos que la película no narra nada. Estaríamos en lo cierto si dijésemos que tras el acontecimiento inicial, no sucede ningún hecho relevante en la película. Pero nunca que no se narra nada. La película nunca deja de narrar. Es una narración más difícil de ver pero también mas enriquecedora una vez das con ella.

Ratcatcher (1999), debut de la directora Lynne Ramsay y ambientada en el Glasgow (Escocia) de 1973, narra la historia de James, un niño enfrentado a una situación que no entiende, y mucho menos puede olvidar. Ryan, un niño de 12 años, muere ahogado mientras se pelea con James, su vecino… Puede ser difícil identificarse con James al principio, ya que una vez sucedido el accidente su cobardía le vence y huye. Pero poco a poco, en sus encuentros con la fresca del pueblo y el niño amante de las ratas, vemos que no tenía la capacidad de afrontarlo, no podía, sencillamente. El modo íntimo y cálido de mostrar las relaciones puede asemejarse al de Ken Loach, sólo que Ramsay prescinde del panfleto progre de turno y apenas usa diálogos. No hacen falta.

La fotografía de Alwin H. Kuchler es uno de los puntos fuertes de la película, y una de las razones por las que no es un drama social más. Aun con recursos muy limitados, se demuestra un mimo estético muy inusual en este tipo de dramas. Tonos fríos y grisáceos subrayan el ambiente decadente y suburbial en el que viven las familias, acrecentado por la huelga de basura de aquel año. Ver a una niña sentada entre montones y montones de basura era algo normal. El comienzo con el niño enrollándose en la persiana o el plano de los restos vegetales sobre el rostro muerto son ricos en detallismo y revelan una marcada aspiración pictórica. Buscan captar un momento mágico e inconfundible, más que ser mera comparsa de los hechos. Esta escena es un ejemplo perfecto de ello:

Porque entre entre tanta oscuridad también se filtran rayos de luz. Las excursiones en autobús a ninguna parte mientras suena ‘Cello Song de Nick Drake, el viaje espacial de la rata atada al globo, y sobre todo, el descubrimiento de una casa deshabitada frente a un campo de trigo, se convertirán en reductos de esperanza para el chico. Su última mirada sonriendo es necesaria tanto para él como para el espectador. Eso no quiere decir que se olvidará de lo que provocó. No podrá olvidar algo así nunca. Pero tal vez haya encontrado el modo de vivir con ello sin que le destruya.

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