ZINEMALDI 2011: The Artist.

octubre 4, 2011 at 7:49 pm (Críticas, Festivales)

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Tenía bastantes reticencias iniciales a ver The Artist. A todo el mundo parecía entusiasmarle la idea de que se hiciese una película emulando los modos del cine mudo. A mí me parecía un burdo anacronismo para ganarse el favor de los carcas. Vivimos en un tiempo en el que se desaprovechan los medios y recursos cinematográficos en pos de una lista de clichés que parece no tener fin. Las posibilidades del cine yacen enterradas bajo capas y capas de nada prefabricada. Los recursos nos hablan de cómo se entendía el cine en la época en que se utilizaron. Pero no podemos volver a entender las cosas como antes. Estamos atrapados en una consciencia actual y por eso me parecía ridículo volver a hacer cine como en los años 20. Debemos abordar el medio con nuestra comprensión actual, no retrotrayéndonos a la de 80 años.

Dicho esto, los primeros 20 minutos de The Artist no me emocionaron en absoluto. Era lo que me esperaba, una historia de amor impregnada de la ingenuidad de aquella época, todo impregnado del pasado. Pero de repente ocurre algo, el momento vaso, y la 4ª pared se rompe y las reglas anacrónicas establecidas también. La película alcanza aquí un momento de genialidad que fue recibido entre aplausos en el Festival de San Sebastián. De aquí en adelante, la película no vuelve a alcanzar ese instante de absoluto genio metalingüístico, pero sí que juega con el tema del sonido en el cine, contraponiendo la reticencia del protagonista a las nuevas técnicas con el ritmo implacable al que avanza una sociedad ruidosa, en la que precisamente el sonido juega un papel fundamental.

Aun cuando juega sobre terreno más seguro, la película está llena de ingenio en su realización y posee planos bellísimos (el espejo, ese doble bastardo de Jean Dujardin sobre el que vierte su vaso de alcohol), resultando siempre amena y estimulante. También se juega mucho con los intertítulos: un “¡Bang!” que parece la señal inequívoca de suicido resulta ser el choque de un coche. Y al perro de la película tienen que darle un Oscar, todas las escenas en las que sale él terminan en carcajada segura. Estos juegos formales, la cuidadísima estética con planos preciosos, la intermitente transgresión y las excelentes interpretaciones alejan a The Artist del ombliguismo en el que podría haber caído fácilmente.

Así pues, sólo queda animar a los escépticos que no crean hallar aquí nada más que una película “hecha como antes” a que la vean y juzguen por sí mismos. Y a los que ya tenían ganas de verla desde luego no les va a defraudar. The Artist es una propuesta que podríamos desear más radical pero que también se cuida de sucumbir a los vicios de la autocomplaciencia.

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