‘El péndulo de la muerte’, de Roger Corman.

junio 10, 2013 at 8:40 pm (Clásicos de ayer y de hoy, Críticas, Curiosidades)

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Una carreta se abre paso entre un paisaje desolado. El joven que viaja en ella contempla el lugar con el adictiva combinación de curiosidad y temor. Al fondo, se divisa un castillo entre nebilna. El conductor, paralizado por el miedo se niega a continuar, y el joven se ve obligado a viajar a pie hasta su destino. Con estas indicaciones, pareciera que nos encontramos ante la enésima adaptación de ‘Drácula de Bram Stoker’, pero no. Sencillamente, es un comienzo que siempre resulta efectivo, y sirve para todo cuento gótico que pretenda atrapar al espectador desde el comienzo. No encontraremos colmillos en el castillo en el que se desarrolla la historia de Pit and the Pendulum, pero sí misterios igual de aterradores.

Pit and the Pendulum está basada en el relato homónimo de Edgar Allan Poe. El relato es una immersión en el estado mental de un torturado por la Inquisición. Es mi relato favorito de Poe y lo considero una metáfisica del dolor. Se recogen con elocuencia las sensaciones e ideas filosóficas que se desprenden de la agonía de un hombre torturado por la Inquisición. Los últimos resquicios de miedo de quien está a punto de expirar, su lucha consigo mismo para poder alcanzar cierta calma cuando llegue el momento, y los momentos de lucidez que le instan a apreciar el presente como nunca antes lo había hecho. La película prescinde casi por completo de lo narrado en el relato hasta el clímax. El guión de Richard Matheson crea toda una trama alrededor, remitiéndonos al relato sólo en espíritu y atmósfera. En la España del siglo XVI, Francis Barnard viaja hasta el castillo de su cuñado Nicholas Medina (Vincent Price) para investigar la muerte de su hermana Elizabeth. Nicholas y su hermana menor Catherine explican a Francis que Elizabeth falleció a causa de una extraña enfermedad. Pero la información que Francis recibe es vaga, y decide instalarse en el castillo hasta averiguar la verdad sobre lo ocurrido. El guión acierta en desviarse del tratamiento explícito de la tortura en el relato, y en sugerirla sólo mediante flashbacks. Aquí, la tortura es un eco. Un objeto de fascinación para quienes pasan sus dedos por entre los letales instrumentos de la Inquisición y creen poder oír los gritos de todas las almas que allí perecieron. Así, aunque a simple vista se haya omitido casi todo el relato, el recuerdo de lo ocurrido vaga como un espíritu por el castillo. Sigue siendo la piedra angular del relato, la perdición para los curiosos y la semilla que alimenta la obsesión del personaje de Vincent Price.

Considero que es esta la mejor de todas las adaptaciones que realizó Roger Corman de Poe. La razón se encuentra en el mimo y cuidado con el que obviamente se realizó, en el inteligente guión de Richard Matheson y sus guiños a otros cuentos del maestro (la exhumación del cuerpo de Elizabeth nos remite a ‘El gato negro’) y en su atrapante atmósfera: la dirección artística está muy cuidada a pesar del ínfimo presupuesto (300.000 dólares para una película que requiere de mucho trabajo de recreación). Los pequeños detalles y piezas de utilería que pueden verse en los rincones aportan credibilidad al conjunto. Hay también un aprovechamiento del espacio destacable: se quitaron las pasarelas del techo del estudio, creando así un efecto de mayor altura y profundidad en el escenario. Varios paseos subjetivos por las estancias del castillo con una cámara de gran angular ayudan a sembrar inquietud, y la ocasional inclinación de la cámara sirve para reflejar el quiebre psicótico del personaje de Vincent Price. Por último, los flashbacks están fotografiados de forma monocromática (película azul teñida de rojo de la que se extrae un onírico morado), por la creencia de algunos psiquiatras de que los sueños se perciben de esa manera. Nunca sabemos si estamos viendo flashbacks en el sentido ortodoxo o delirios del personaje… En todas estas decisiones que difieren del material de origen, reconocemos a un Corman que ve lo prescindible de reproducir acontecimientos exactos de un relato y adaptarlos tal cual. No cae en ese pobre entendimiento de la adaptación como libro ilustrado en el que han caído tantos directores, y que supone un desaprovechamiento de las posibilidades del medio. Mientras que la raíz y la idea madre sigan en pie, el texto admite todo tipo de cambios.

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Otro detalle que puede pasar desapercibido pero que habla de la atención puesta en la realización es la primera aparición de Vincent Price. El protagonista abre la puerta, en cuya parte superior hay una tela de araña. La puerta se abre y aparece Vincent Price. Sus ojos aparecen oscurecidos por la sombra de la tela de araña, sugiriendo que el tiempo ha hecho mella en la psique de este hombre y que se despierta de un gran letargo, en el cual no ha tenido contacto alguno con el mundo exterior. En otra escena, el cuadro con el rostro de la mujer se mezcla con el fuego. Este plano siembra la ambigüedad sobre su papel. No sabemos si es fue víctima o una malvada que desencadenó varias muertes incluyendo la suya.

En la revelación final, se nos muestra una de las constantes temáticas de Poe: la naturaleza cíclica de la obsesión. La profecía autocumplida. El miedo a formas monstruosas, miedo que va moldeando al individuo y, poco a poco, le convierte en el mismo objeto de su temor. Ya que sólo mediante la consumación de sus pesadillas puede hallar el loco su tan ansiado descanso. La imaginería del lugar, con las sombras, los ojos de un rojo demoníaco y el filo del péndulo, tensa un clímax ya de por sí inquietante: el protagonista atado a una mesa sobre la cual oscila un péndulo que, poco a poco, amenaza con cortar su estómago en dos. Y aunque el filo del péndulo no resulte tan amenazador como en las vívidas descripciones de Poe, sí consigue que temamos por el destino del protagonista y deseemos cualquier cosa menos estar en su pellejo.

Gran parte del impacto del relato original radicaba en su nota esperanzadora al final. Sin ese último párrafo, el cuento podría haberse considerado un regodeo en el sufrimiento rozando lo insoportable. Hasta la oscuridad de la mente de Poe vio el poder que tiene un rayo de luz en la oscuridad circundante. Le da contraste y perspectiva, y los horrores de los que se hablan adquieren mayor volumen y relevancia; pues entrar en los crueles abismos de la mente humana sólo es soportable si al mismo tiempo se nos muestra el letrero de salida. La película hace el recorrido inverso. Se resiste a mostrarnos como real el mundo de pesadilla que sobrevuela la mente de Nicholas Medina, y ese letrero de salida también conocido como “escepticismo” está siempre al alcance del espectador. Pero cuando las evidencias apuntan en cierta dirección, el letrero se apaga. La última escena de ‘Pit and the Pendulum’, claustrofóbica y agónica, invita a revivir las sensaciones que transmite el relato de Poe. También redondea una fábula sobre el poder destructor no sólo de los horrores perpetrados por el hombre, sino del trauma que anida en la mente del desafortunado testigo.

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