Aprecio.

abril 8, 2018 at 9:58 pm (Sin catalogar)

Hay un momento, cuando dos pájaros comparten una rama, con los picos casi rozándose y cantando al unísono, en el que parece que esconden la esencia de la amistad verdadera. Pero cuando la dulce melodía acaba, cada uno prosigue su camino. Probablemente no vuelvan a verse nunca. Algo parecido pasó con Ralph y conmigo.

Nos conocimos en un simposio científico en el 2152. Él se sentó a mi lado y emitimos varios suspiros de desaprobación a lo largo de una ponencia. Pocas cosas rompen el hielo tan rápido como las molestias compartidas. Me habló de algo a lo que yo también le había estado dando vueltas. A comienzos del siglo veintidós se produjo un gran estallido de sectas. Las que ya existían crecieron exponencialmente, y se crearon muchas nuevas. El régimen capitalista había fracasado en muchas áreas, pero sobre todo en una troncal que echaba por tierra otras tantas: no había sabido reconciliar al ser humano con su mundo afectivo. Lo había ignorado, pero seguía ahí, latente. Algunas personas algo más auto-conscientes que otras se daban cuenta de que les faltaba algo, pero se sentían pisoteadas por sus parejas, familia, amigos y en suma, por una sociedad que se negaba a entender sus pulsiones. Los demás disfrazaban mentalmente el conformismo de felicidad. Esto suponía un campo yermo para las sectas. Ralph tenía una idea, y aún a día de hoy me cuesta creer lo rápido que se materializó.

Me habló de la creación de un robot que acompañara al ser humano en su rutina diaria. Podía tener un tamaño idéntico al nuestro o caber en un bolsillo, dependiendo de las necesidades. Se crearía una conexión con el sistema límbico y su función sería básicamente impedir que la persona pensase “no valgo para nada” cuando se le cayese algo al suelo, o impedir que se lo creyese si alguien se lo llegara a decir de verdad. Todos los esfuerzos y pequeños logros serían valorados, y el robot vendría acompañado de un set de sugerencias de actividades que reforzasen los vínculos sociales y comunitarios y el contacto con una naturaleza cada vez más exigua. Esto blindaría al individuo de las sectas, puesto que ya albergaría en sí aquello que busca cuando entra en una. Parecía algo fácil, pero lo cierto es que ninguna persona puede cumplir esa función todo el tiempo para otra. Siempre hay un vacío que los que nos rodean no pueden llenar.

Esa conversación se transformó en el comienzo de una colaboración que duraría dos años. En ese tiempo concebimos las características más viables para el robot, y gracias a unos ahorros de su acaudalada familia, pudimos fabricar un prototipo que causó sensación. Lo llamamos Apreciadx SL200. A Ralph le encantaba la atención y admiración que provocó primero el robot y después su persona; a mí me ponía nervioso, como si nos estuviéramos acercando a algo que habíamos tratado de evitar hasta entonces. Un año después de su fabricación, el robot ya se vendía a nivel internacional y Ralph se convirtió en uno de los hombres más ricos del mundo. Me ofreció algunas migajas pero las rechacé. Me parecían el pasaporte para sumergirme aún más en un sistema con el que tenía diferencias irreconciliables. En el último mes de mi colaboración con Ralph, decidió subir el precio del robot a cotas estratosféricas, haciéndolo inaccesible a las personas que más lo necesitaban. Tras una acalorada pelea dialéctica, nuestra amistad se rompió como la de los pájaros sobre la misma rama, y no volvimos a vernos.

Un día quise hacerle una visita a su torre, pero no me dejaron entrar. No quería discutir sobre el rumbo que había tomado su vida, sólo quería hablar. Pero me resultó imposible. Así que me quedé ahí fuera, mirando hacia arriba y observando el imperio del mayor gurú del siglo veintidós: un gurú racionalista y cientifista, que monetizó una necesidad humana de la misma manera que aquellos a los que gustaba de criticar.

Ahora vivo en un pequeño pueblo, rodeado de montañas y lejos del caos de la urbe. Me he montado una pequeña huerta y no uso tecnología moderna. Bueno, salvo una excepción. En un armario guardo un ApreciadxSL 200, al que acudo en esos días en los que uno se deja llevar por la tentación de sentirse inútil.

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