No matarás, de Krzysztof Kieslowski

julio 5, 2013 at 8:29 pm (Clásicos de ayer y de hoy, Críticas, Directores, Reflexiones, Social)

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Krzysztof Kieslowski es uno de los autores que más veces se omite injustamente en las listas de ‘mejores directores’. La mayor parte de su prestigio lo obtuvo con sus últimas películas, ya que su primera etapa suele pasarse por alto en favor de la segunda. De esa primera etapa su obra más reconocida es No Amarás, crudo relato de amor no correspondido. Pero he decidido hablar de su película posterior, No Matarás, pues contiene más elementos y constantes estéticas que explotaría en posteriores proyectos. También hace un gran uso del medio cinematográfico como ensayo moral. Muchos son los cineastas que afirman que el cine es el medio más apropiado para tratar los entresijos de la moral, ya que tiene la capacidad de mostrar el comportamiento humano con una pureza inalcanzable para otros medios artísticos, sin someterlo a juicios ni moralinas. No Matarás es un perfecto ejemplo de esto. Tres historias principales se entrecruzan. Un abogado, un taxista y Jacek, un joven que vagabundea por la urbe. Sobre este último recae la tarea del discernimiento entre lo que es moral y lo que no, y los otros dos personajes son los recipientes de esa moral amorfa sobre la que deberán esculpir su propio sentido.

La fotografía de tonos ocres y oscurecimiento en los bordes del plano acentúan la fealdad que rodea a Jacek. Fealdad exterior que acaba calando internamente. Conforme la trama avanza vamos observando un comportamiento errático en Jacek. Empuja violentamente a un hombre en un baño, se ata con fuerza una soga a la mano mientras está en un restaurante… Y a veces su comportamiento deja de ser errático para quedarse en lo ambiguo. En el restaurante en el que se ata la soga, tira el café al cristal del restaurante. Al otro lado del cristal están plantadas dos niñas que sonríen. Él les devuelve la sonrisa y por un momento parecemos contemplar una bondad pura e inusual en este joven perturbado. Más tarde, nos es revelada cierta información sobre su hermana, y esta escena adquiere una significación especial. Estas niñas le han devuelto el recuerdo de su hermana, y con su sonrisa han brindado el último instante bello a una vida que acaba.

Paralelamente a la historia de Jacek, seguimos a un abogado en su entrevista de trabajo. Esta historia contrasta estéticamente con la de Jacek. Mientras que en aquella veíamos un retrato urbano tirando a feísta, aquí tenemos una iluminación preciosista con filtros de color verde. Una abstracción se esconde tras esta decisión estética. La significación del verde se une sobre todo con la naturaleza. En la película está usado con ese propósito, enfatizar la naturaleza; pero no la Madre Naturaleza, sino la nuestra. Además, la iluminación va en consonancia con el carácter del abogado. Este es sensible (tal vez demasiado) y comprensivo, está dispuesto a ir más allá, a escarbar en la condición humana con las manos acusadoras atadas a la espalda, aunque lo que vea no le vaya a gustar. Masoquismo humanista. Cuando el destino le junte con Jacek, no podrá desprenderse de su responsabilidad para con él aunque como abogado esta haya cesado oficialmente. Lo peor no es perder el caso, sino imaginarse en su pellejo. No poder refugiarse en el “es un hombre malo que tiene lo que se merece”. La conversación que mantiene con él en la cárcel hace pedazos todos los prejuicios, los blancos y negros, y le sumerge en un mar de grises del que es difícil extraer sentido. Pero si una cosa le queda clara es esta: en Jacek todavía hay bondad. La misma que habita en él. Y si Jacek muere una pequeña parte de su interior morirá también.

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La tercera trama es a la vez la menos relevante en términos narrativos y la más rica en simbología. Seguimos a un taxista que disfruta fastidiando a sus clientes, exponiendo mundanas pero claras señas de maldad. El karma vuelve a equilibrar la balanza cuando un cliente al que recoge resulta no ser muy amistoso. En el coche cuelga una figura con cara de diablo, que puede ser un modo irónico que tiene el taxista de auto-definirse, o un símbolo obvio pero no menos efectivo de lo que está a punto de ocurrir. Hay también una analogía bíblica en el perecimiento del taxista. Este es asesinado con una piedra, al igual que Abel lo fue por su hermano Caín. De hecho, en su entrevista de trabajo, el abogado saca a relucir esta cita: “Desde Caín, ningún castigo ha sido capaz de mejorar el mundo”. El asesinato del taxista es parecido en ejecución al de Abel, pero no arregla nada. Sólo trae desdicha a quien lo comete y a los que le rodean. Castigando provocamos el dolor que conducirá a más acciones merecedoras de castigo, y perpetuamos ese círculo vicioso siempre que no se dé cabida a la compasión.

Una vez que las tres tramas han confluido en una, uno de los principales temas de la película sale a la luz: la crítica a la pena de muerte. Kieslowski crea equivalencias entre la muerte de un ser humano y el ejercicio clínico, el cálculo matemático. Expone con deliberada frialdad el proceso de preparación para la ejecución, que es a la vez el proceso de deshumanización de quien lo prepara y, por ende, de la sociedad que lo apoya y del sistema que lo perpetra. El mensaje aquí está claro: la deshumanización de la sociedad. Aún así, percibo que muchos espectadores se han detenido demasiado en este punto, reduciendo la complejidad del film al mero alegato contra la pena de muerte. Pero No matarás es mucho más que una película-denuncia.

Prueba de su extrema sutilidad la tenemos en una pequeña escena en la cárcel. Vemos a un empleado de la limpieza que se detiene durante unos segundos. Tiene un semblante muy parecido al de Jacek y una mano metida en el bolsillo. ¿Y si él también tuviera una soga atada a su mano escondida en el bolsillo? ¿Y si hubiera un enemigo de la justicia vagando libre en la casa de ajusticiamiento? ¿Puede esta casa hacer algo para remover los aspectos incómodos y oscuros de la naturaleza humana? ¿O seguirá esta vagando libre y riéndose ante nuestros vanos intentos de aplacarla?

En el juego de equivalencias que propone Kieslowski, el asesinato del taxista tiene similares características y pesquisas morales a la pena de muerte: se juzga como malvada a una persona por sus actos y le es impuesta una ley que nos hace pasar por dioses. La única diferencia estriba en que Jacek ignoraba la malicia del taxista, y le ejecutó sin saberlo. El sistema sí sabía de la maldad de Jacek… En teoría. Pero, ¿puede el verdugo adquirir verdadera consciencia de la maldad del ejecutado cuando no se le ha dado un margen de duda? ¿Podemos aprehender la verdad y llegar a entender cuando nos apresuramos tanto en juzgar?

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‘El péndulo de la muerte’, de Roger Corman.

junio 10, 2013 at 8:40 pm (Clásicos de ayer y de hoy, Críticas, Curiosidades)

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Una carreta se abre paso entre un paisaje desolado. El joven que viaja en ella contempla el lugar con el adictiva combinación de curiosidad y temor. Al fondo, se divisa un castillo entre nebilna. El conductor, paralizado por el miedo se niega a continuar, y el joven se ve obligado a viajar a pie hasta su destino. Con estas indicaciones, pareciera que nos encontramos ante la enésima adaptación de ‘Drácula de Bram Stoker’, pero no. Sencillamente, es un comienzo que siempre resulta efectivo, y sirve para todo cuento gótico que pretenda atrapar al espectador desde el comienzo. No encontraremos colmillos en el castillo en el que se desarrolla la historia de Pit and the Pendulum, pero sí misterios igual de aterradores.

Pit and the Pendulum está basada en el relato homónimo de Edgar Allan Poe. El relato es una immersión en el estado mental de un torturado por la Inquisición. Es mi relato favorito de Poe y lo considero una metáfisica del dolor. Se recogen con elocuencia las sensaciones e ideas filosóficas que se desprenden de la agonía de un hombre torturado por la Inquisición. Los últimos resquicios de miedo de quien está a punto de expirar, su lucha consigo mismo para poder alcanzar cierta calma cuando llegue el momento, y los momentos de lucidez que le instan a apreciar el presente como nunca antes lo había hecho. La película prescinde casi por completo de lo narrado en el relato hasta el clímax. El guión de Richard Matheson crea toda una trama alrededor, remitiéndonos al relato sólo en espíritu y atmósfera. En la España del siglo XVI, Francis Barnard viaja hasta el castillo de su cuñado Nicholas Medina (Vincent Price) para investigar la muerte de su hermana Elizabeth. Nicholas y su hermana menor Catherine explican a Francis que Elizabeth falleció a causa de una extraña enfermedad. Pero la información que Francis recibe es vaga, y decide instalarse en el castillo hasta averiguar la verdad sobre lo ocurrido. El guión acierta en desviarse del tratamiento explícito de la tortura en el relato, y en sugerirla sólo mediante flashbacks. Aquí, la tortura es un eco. Un objeto de fascinación para quienes pasan sus dedos por entre los letales instrumentos de la Inquisición y creen poder oír los gritos de todas las almas que allí perecieron. Así, aunque a simple vista se haya omitido casi todo el relato, el recuerdo de lo ocurrido vaga como un espíritu por el castillo. Sigue siendo la piedra angular del relato, la perdición para los curiosos y la semilla que alimenta la obsesión del personaje de Vincent Price.

Considero que es esta la mejor de todas las adaptaciones que realizó Roger Corman de Poe. La razón se encuentra en el mimo y cuidado con el que obviamente se realizó, en el inteligente guión de Richard Matheson y sus guiños a otros cuentos del maestro (la exhumación del cuerpo de Elizabeth nos remite a ‘El gato negro’) y en su atrapante atmósfera: la dirección artística está muy cuidada a pesar del ínfimo presupuesto (300.000 dólares para una película que requiere de mucho trabajo de recreación). Los pequeños detalles y piezas de utilería que pueden verse en los rincones aportan credibilidad al conjunto. Hay también un aprovechamiento del espacio destacable: se quitaron las pasarelas del techo del estudio, creando así un efecto de mayor altura y profundidad en el escenario. Varios paseos subjetivos por las estancias del castillo con una cámara de gran angular ayudan a sembrar inquietud, y la ocasional inclinación de la cámara sirve para reflejar el quiebre psicótico del personaje de Vincent Price. Por último, los flashbacks están fotografiados de forma monocromática (película azul teñida de rojo de la que se extrae un onírico morado), por la creencia de algunos psiquiatras de que los sueños se perciben de esa manera. Nunca sabemos si estamos viendo flashbacks en el sentido ortodoxo o delirios del personaje… En todas estas decisiones que difieren del material de origen, reconocemos a un Corman que ve lo prescindible de reproducir acontecimientos exactos de un relato y adaptarlos tal cual. No cae en ese pobre entendimiento de la adaptación como libro ilustrado en el que han caído tantos directores, y que supone un desaprovechamiento de las posibilidades del medio. Mientras que la raíz y la idea madre sigan en pie, el texto admite todo tipo de cambios.

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Otro detalle que puede pasar desapercibido pero que habla de la atención puesta en la realización es la primera aparición de Vincent Price. El protagonista abre la puerta, en cuya parte superior hay una tela de araña. La puerta se abre y aparece Vincent Price. Sus ojos aparecen oscurecidos por la sombra de la tela de araña, sugiriendo que el tiempo ha hecho mella en la psique de este hombre y que se despierta de un gran letargo, en el cual no ha tenido contacto alguno con el mundo exterior. En otra escena, el cuadro con el rostro de la mujer se mezcla con el fuego. Este plano siembra la ambigüedad sobre su papel. No sabemos si es fue víctima o una malvada que desencadenó varias muertes incluyendo la suya.

En la revelación final, se nos muestra una de las constantes temáticas de Poe: la naturaleza cíclica de la obsesión. La profecía autocumplida. El miedo a formas monstruosas, miedo que va moldeando al individuo y, poco a poco, le convierte en el mismo objeto de su temor. Ya que sólo mediante la consumación de sus pesadillas puede hallar el loco su tan ansiado descanso. La imaginería del lugar, con las sombras, los ojos de un rojo demoníaco y el filo del péndulo, tensa un clímax ya de por sí inquietante: el protagonista atado a una mesa sobre la cual oscila un péndulo que, poco a poco, amenaza con cortar su estómago en dos. Y aunque el filo del péndulo no resulte tan amenazador como en las vívidas descripciones de Poe, sí consigue que temamos por el destino del protagonista y deseemos cualquier cosa menos estar en su pellejo.

Gran parte del impacto del relato original radicaba en su nota esperanzadora al final. Sin ese último párrafo, el cuento podría haberse considerado un regodeo en el sufrimiento rozando lo insoportable. Hasta la oscuridad de la mente de Poe vio el poder que tiene un rayo de luz en la oscuridad circundante. Le da contraste y perspectiva, y los horrores de los que se hablan adquieren mayor volumen y relevancia; pues entrar en los crueles abismos de la mente humana sólo es soportable si al mismo tiempo se nos muestra el letrero de salida. La película hace el recorrido inverso. Se resiste a mostrarnos como real el mundo de pesadilla que sobrevuela la mente de Nicholas Medina, y ese letrero de salida también conocido como “escepticismo” está siempre al alcance del espectador. Pero cuando las evidencias apuntan en cierta dirección, el letrero se apaga. La última escena de ‘Pit and the Pendulum’, claustrofóbica y agónica, invita a revivir las sensaciones que transmite el relato de Poe. También redondea una fábula sobre el poder destructor no sólo de los horrores perpetrados por el hombre, sino del trauma que anida en la mente del desafortunado testigo.

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FANT 2013: Angustia.

mayo 9, 2013 at 8:33 pm (Clásicos de ayer y de hoy, Críticas, Festivales)

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Es un misterio para mí por qué Angustia no está mejor valorada dentro del género de intriga y terror españoles, más allá de que tenga pegada la etiqueta “de culto”. No había visto nada de Bigas Luna, pero no sé por qué me esperaba otro tipo de película de él. Y he de decir que el tipo de película que me esperaba era mucho peor que lo que finalmente he encontrado. Angustia es una película de género hecha con mucho oficio y cariño, recordando a ciertas películas de género de los 80. La historia comienza con John, un oftalmólogo que tiene una curiosa afición: colecciona ojos. Su madre ejerce sobre él un fuerte dominio psicológico. La relación con su hijo es de total dominio. En una de las habituales misiones que John cumple por orden de su madre, se dirige a un cine. Allí, dos estudiantes, Linda y Patricia, se encuentran en una extraña situación, debido a los aspectos hipnóticos de la película. La protagonista de Angustia es una criatura demasiado sensible que, de algún modo, parece presentir la catástrofe que está a punto de suceder (¿es posible que esta fuera la semilla de la saga Destino Final?). Su inquietud llama la atención de otros espectadores, y cuando su amiga sale al baño la pesadilla comienza.

La trama, con toques metafísicos, recuerda también al comienzo de la segunda entrega de otra saga de terror: Scream. No sé si Wes Craven vio Angustia, pero si es así, le debe a Bigas Luna la mejor escena de su película. La trama también remite, desgraciadamente, a acontecimientos recientes como la masacre de Colorado en la que un hombre asesinó a 12 personas que asistían al estreno de The Dark Knight Rises. Sea como sea, el poder de la ficción por atravesar sus fronteras y afectar la realidad parece ser una constante histórica tanto dentro del cine como fuera de él. En este caso, son los momentos concernientes a una sesión de hipnotismo, con la inquietante Zelda Rubinstein y una imaginería psicodélica, los que más afectan a los espectadores. Tal es el poder de esa ficción, que incita a las mentes trastornadas a emular los actos violentos que ve en pantalla. En ningún momento se toca la moral sobre este hecho, lo cual me parece positivo pues es una traba para el entretenimiento. No se juzga ese poder de la ficción como algo bueno o malo, sino sencillamente poderoso. Bigas Luna caía en el riesgo de moralizar con el tema, como ya se ha hecho incontables veces con los videojuegos y la música metal. Que si afectan de forma negativa a las mentes de los adolescentes y provocan consecuencias nefastas… Cuando siempre queda claro que el único culpable es la debilidad del ser humano.

También hay que decir que la mayoría de aciertos de la película se encuentran en la primera hora, y conforme se va acercando al final se va tornando más rutinaria, quedándose un poco por debajo de las expectativas que había levantado previamente. La escena final supone un gracioso guiño, que aparte de ser el típico cliffhanger de película de terror, pone una guinda en el discurso del cine como la transgresión definitiva de la realidad. Cuando se siente un horror intenso, da igual si su origen se encuentra en la ficción; para la mente es real y así te lo mostrará. Con esto, Bigas Luna parece postular: Sí, el (buen) cine tiene el poder de volverte loco.

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Opera, de Dario Argento.

marzo 18, 2013 at 8:32 pm (Clásicos de ayer y de hoy, Críticas, Curiosidades, Directores, Reflexiones)

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Observamos la platea de un teatro desde los ojos amenazadores de un cuervo. Este es más consciente que nadie del desastre que está por venir. Intenta avisarnos con sus graznidos, pero los actores sólo ven en estos una molestia de la que deshacerse. Mediante planos secuencia se nos muestra el caos organizativo que se halla detrás de las bambalinas. Actrices con complejo de divas descontentas con cualquier detalle, productores buscando asegurar sus intereses mediante ruín condescendencia. La joven cantante de ópera Betty es escogida como suplente de la actriz principal en Macbeth. Betty es sensible, receptiva a las advertencias del cuervo. La función resulta ser un éxito, pero tanto los avisos del cuervo como los miedos de la actriz se ven consumados; un trágico incidente en uno de los palcos, una muerte que da coba para la superstición de una supuesta obra maldita.

El comienzo de Opera nos muestra a un Dario Argento en plena forma, tal vez como no lo vayámos a ver nunca más. Tras el inicio, se nos presentan un surtido de personajes sospechosos: un investigador que resulta ser fan de Betty, la asistente de esta o el propio director de la obra (Ian Charleson), misterioso y obsesivo. La muerte de unos irán descartando candidatos hasta la revelación final. Debe decirse que el guión cae en la ridiculez y desafía a la lógica en incontables ocasiones, declarándose como mera comparsa para plasmar los intereses estéticos y visuales de Argento. Pero es esa completa desfachatez, ese desparrame tan sincero, el que la sitúa por encima de otras propuestas medianas de Argento como Tenebre, que no terminan de apuntalar su potencial. En Opera todos los elementos recurrentes del cine Argento están en su mejor forma. El juego de colores (iluminación roja en la habitación de la protagonista cuando el peligro acecha), planos interiores de coches mientras la lluvia resbala por los cristales, y por supuesto, una cámara dinámica y juguetona. 

Esta es pues, una película que encuentra su mayor fuerza en lo cinético. Por tanto, es una película de momentos, en las que destacan dos especialmente. El primer encuentro entre la protagonista y el asesino. Este escoge el lugar más elegante posible para torturar a la protagonista. La ata, y pegando con celo unas agujas curvadas en el contorno de sus ojos, le obliga a observar el sangriento asesinato de su novio sin poder parpadear. Argento se detiene en los detalles escabrosos de este escena, pero a la vez está tan deliciosamente planificada que surge la paradoja que busca Argento, y por extensión el giallo: hallar placer en algo prohibido, convertirte en voyeur y no poder apartar la mirada de los actos del asesino… Probar la sangre y deleitarse ante su dulzura en vez de escupirla. Tal vez la visceralidad de las muertes tenga también relación con el contexto de la película, y es que a Argento no le dejaron dirigir la ópera de Verdi ‘Rigoletto”. No parece muy casual que tras ese chasco hiciera una película en la que se suceden asesinatos en un teatro donde se está preparando otra obra de Verdi…

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El otro momento que sobresale es el ataque del asesino en la casa de la protagonista. La iluminación exterior colándose por las persianas, los flashes verdes y demás elementos estéticos contribuyen a crear expectación para la escena del disparo tras la puerta. El modo en el que está rodada, con planos subjetivos de la mirilla, un imposible plano macro de la bala y una cámara lenta que muestra el recorrido de esta, hacen pensar en los momentos más álgidos de Brian De Palma. Tras esa gran escena, una niña salida de la nada guía a la protagonista por un pasadizo a lo Misión Imposible. Al parecer se pasaba el día espiándola porque sus padres discutían mucho. Sí, tal es la desfachatez del guión. En Opera conviven lo mejor y lo peor. Si estás atado a la lógica y gritas en desesperación cada vez que los personajes de una película hacen algo que va en su contra, no te acerques a este film. Si por el contrario gustas de emociones viscerales, estética refinada y no te chirría el contraste entre una dirección virtuosa y un tontuno guión, disfruta del viaje.

La ambivalencia cualitativa se ve con claridad en la escena de la última representación teatral. Se liberan a una manada de cuervos en el teatro con el dudoso fin de capturar al asesino (¿Tienen los cuervos un sexto sentido? ¿Lleva el asesino perfume de cuervo?). En realidad, no es más que una excusa para que Argento pueda emplear unos planos subjetivos moviéndose en círculos, que recuerdan a ‘La Doble vida de Verónica’ de Kieslowski y acaban mareando más de la cuenta. Aquí el exceso clama por un motivo de peso que lo sustente. Pero inmediatamente después, un cuervo arranca un ojo del asesino y lo saborea con el pico hasta comérselo. Otra vez, el espectador se debate entre desdeñar la ridiculez del conjunto o valorar su inaudita extravagancia. Porque cuando crees que ya lo has visto todo, te sorprenden con ese final a lo Terrence Malick, que no tiene nada que ver en tono a  anteriormente visto, pero que tampoco está exento de significado. Una chica que ha sufrido y ha sido torturada en compañía de humanos, acaba encontrando en las flores y la naturaleza su último refugio.

 

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El vientre del arquitecto: La arquitectura del alma.

diciembre 6, 2012 at 8:02 pm (Clásicos de ayer y de hoy, Críticas, Curiosidades, Reflexiones)

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La arquitectura construída por el hombre es la carne visible de una ciudad. Cuando nos paramos frente a una obra arquitectónica no estamos viendo una “cosa”. Estamos contemplando la resulta de la dedicación de muchos antepasados. En el intestino humano se concentra la mayor parte de carne humana, preparada para ser convertida en carne de polis. No es de extrañar pues, que para el arquitecto de esta película el vientre suponga una obsesión. La carne es su potencial y su inspiración, y el vientre que a duras penas la alberga es su enfermedad.

El vientre de un arquitecto comienza con Kracklite, el protagonista, llegando al orgasmo mientras entra en tierras italianas. Esa misma noche, preside la inauguración de la exposición de Boullée que dirige, donde se da lugar una escena que agradezco mucho, como amante del cine: la reivindicación del aplauso. Aplaudir frente a una gran obra como reconocimiento de su mérito artístico (por desgracia una costumbre ya casi extinta). A partir de esa noche todo va cuesta abajo para Kracklite. Tras la inauguración de la exposición de Boullée, sus socios roban dinero de la exposición, y para más inri, uno de ellos tiene una aventura con su esposa. La serie de desafortunados eventos le provoca el agudo dolor en el vientre al que se hace referencia en el título. ¿Dolor artístico? ¿Existencial? ¿Llevar el peso del arte en las venas y sufrir con él? Como él mismo dice: “A veces es redondo, otras veces se siente como un cubo. La mayoría del tiempo se siente como una pirámide egipcia. ¿Los faraones sufrían de calambres estomacales?”. También es digno de mención que el dolor se produzca mientras su mujer está embarazada. ¿Miedo ante la punzante responsabilidad de la paternidad?

Este marco de declive personal sirve a Peter Greenaway para criticar las infraestructuras anti-ideológicas que sustentan un arte siempre ideológico, la instigada codicia fruto (podrido) del capitalismo, y cómo unos trepas sin talento se llevan la fama y reconocimiento que corresponde a otros mientras estos observan su obra en desesperanzado anonimato. Todas estas preocupaciones socio-políticas están presentes con una sutileza que las libra de lo plomizo. También podemos observar preocupaciones históricas que derivan en existenciales. En una escena, Kracklite conversa con su médico sobre gobernantes y grandes líderes mientras pasean junto a sus bustos: Adriano, Galba, Nerón… Todos comparten el modo de morir: miserablemente y gritando. Tras esta conversación, el médico se apoya en una pared mirando a Kracklite marcharse: otra gran mente atormentada que probablemente muera en tristes circunstancias y cuyo busto podrá encontrarse dentro de unos años en ese mismo lugar. El destino compartido de las mentes enfermas y geniales.

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Así como las preocupaciones temáticas y de fondo existen y son ampliamente visibles, la columna vertebral del cine de Peter Greenaway es otra: la estética. Greenaway jamás podrá dejar de lado sus preocupaciones estéticas. El cliché tan sobado “cuadros en movimiento” se vuelve completamente cierto, pero deberíamos especificar qué tipo de cuadros. No cualquiera, sino cuadros de grandes autores: De Chirico, Rembrandt, Jan Vermeer, Jan Six… La composición con ánimo pictórico de los planos está bendecida con el mágico barniz de lo atemporal, los encuadres perfectamente simétricos de enclaves romanos despiertan el sentido del asombro, los reflejos del agua nos sumergen en la melancolía, y la iluminación usando diferentes colores aporta un lúgubre misticismo y riqueza simbólica a un buen número de escenas. Tampoco conviene olvidar a un personaje de suma importancia en el cine de Greenaway: la música. En esta ocasión no viene firmada por Michael Nyman, su colaborador habitual, pero la partitura de Wim Mertens y Glenn Branca en unión con las imágenes logra momentos de sincera (y trascendente) emotividad. Con todo, no alcanza el nivel de magnificencia de El ladrón, el cocinero, su mujer y su amante (su obra magna y una obra maestra nunca lo suficientemente reconocida), pero se posiciona como una hermana pequeña muy precoz.

Se me escapan las razones por las que Peter Greenaway no es más reconocido entre la comunidad cinéfila (el hecho de que ni siquiera Criterion se haya molestado en editar sus obras decentemente en DVD puede tener algo que ver), y con películas como esta mi estupor aumenta. El vientre del arquitecto es, ante todo, cine vivo y abierto, de ese que tanto escasea últimamente. Aunque la trama pueda no resultar lo suficientemente precisa (no necesita serlo), es difícil ignorar las cualidades que encierra la película. Un Brian Dennehy inmenso, la música inolvidable de Wim Mertens y Glenn Branca, una fotografía repleta de colores oníricos que susurran significados, Roma como nunca antes la habías visto, escenas de pura magia (las fotos en la pared y el posterior beso tras las cortinas; el final…), las analogías bíblicas e históricas… Greenaway se ofrece a transportar nuestro bagaje vital al celuloide.

Ya sea mediante el esplendor arquitectónico de las ciudades, la desazón del artista verdadero encerrado en un mundo mercantilista, el miedo paternal o la odisea del autodescubrimiento, siempre queda espacio para proyectarte a ti mismo en la ficción. Y esa es una puerta que el arte siempre debe dejar abierta.

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Mona Lisa: El drama noir de Neil Jordan.

agosto 10, 2012 at 8:09 pm (Clásicos de ayer y de hoy, Críticas, Social)

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No exagero si digo que Neil Jordan me parece uno de los cineastas activos más interesantes del mundo. Ya sea con vertientes oscuras de cuentos populares (En compañía de lobos), con las crónicas de un vampiro que come ratas (Entrevista con el vampiro) o con su introspección del travestismo (Desayuno en Plutón), siempre demuestra riqueza y heterodoxia en el tratamiento de los temas. No se conforma con que esos temas sean potentes de por sí. Cierto es que un par de excursiones americanas le han salido rana (Dentro de mis sueños, La extraña que hay en ti), pero tenía más que ver con los flojos libretos de los que partía que con su realización. El peculiar modo de desarrollar los temas que maneja, combinando libertina despreocupación por dar respuestas y serio compromiso para con sus personajes, abre siempre puertas. Nunca las cierra.

Mona Lisa es una película de 1986 que cuenta las desventuras de George (Bob Hoskins), un hombre que acaba de salir de la cárcel y encuentra trabajo como chófer de Simone, una prostituta. Más tarde, se verá inmerso en la búsqueda de una amiga de Simone, una chica de edad similar a la de su hija. Una hija a la que apenas ve. Si bien esta historia en manos de otro podría convertirse en una Paseando a Miss Daisy de baratillo, Neil Jordan nos ofrece un refrescante cóctel en el que caben drama, thriller, cine negro y un gran estudio de personajes. La perfecta armonía de estos hace que sea prácticamente imposible aburrirse viéndola.

Hay también, en su segunda mitad, cierto parecido con Hardcore de Paul Schrader, en cuanto a la búsqueda dolorosa de una inocencia corrompida. La diferencia es que en Hardcore, George C. Scott emprende la búsqueda de la chica por el lazo familiar, y en Mona Lisa es tan sólo por altruismo, lo cual la hace más conmovedora. Además, la película que nos ocupa destaca más en lo visual. Paul Schrader es un estupendo guionista pero Neil Jordan nació director. Eso se nota en el dinamismo que le da a las imágenes, la segura mano con la que trenza un ritmo progresivamente opresivo y turbio y el modo en el que cuenta una historia aprovechando el medio cinematográfico, narrando más a través de miradas y silencios que mediante rutinarios diálogos.

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Bob Hoskins tiene gran parte del mérito de que la película funcione tan bien. No puedo pensar en una elección más adecuada para el papel y que transmita tanta credibilidad y calidez en cada gesto. Pertenece a esa no muy abundante raza de actores que prefieren no fingir ser alguien, sino serlo por un lapso de tiempo. El papel de hombre corriente y vulgar pero con un corazón de oro le sienta como anillo al dedo y no hay rastro de impostura en sus ademanes. Sus continuos encontronazos con Simone no hacen más que aumentar nuestra simpatía por él, ya que su bondad oculta frustración. No encuentra hueco donde depositar su bondad (la madre de su hija no le deja verla, la prostituta se muestra fría y distante al principio), pero cuando finalmente ve la posibilidad de ayudar en algo no parará hasta conseguirlo.

Cabe destacar una característica común en algunas películas de Neil Jordan: la fascinación por una mujer de incierta sexualidad que proviene de un entorno hostil. En Juego de lágrimas y Desayuno en Plutón eran transexuales, pero mujeres en espíritu al fin y al cabo. Aquí es una mujer, pero con rasgos bastante masculinos. Son la herramienta de la que Jordan se vale para ahondar en el mundo interior de alguien evitando clichés; parece decirnos que en nuestro verdadero yo hay corrientes masculinas y femeninas que se cruzan y colapsan, quedando en pie más de unas que de otras. Pero que nadie es todo o nada, blanco o negro, y que sólo tenemos de guía una pulsión que a veces no entiende de géneros. A Jordan también le gusta contraponer esta contundente visión de la personalidad a una más conservadora y tradicional. Si en Juego de Lágrimas era Stephen Rea quien se replanteaba sus principios e inclinaciones, aquí ese papel se reserva a Bob Hoskins.

Mona Lisa es una película que habla de dos mundos y del choque de estos. El mundo del glamour, con su manto de elegancia tras el que se ocultan fiestas sadomasoquistas, chocando contra el mundo normal. Es la triste historia de dos mundos que se desean el uno al otro pero que están destinados a vivir separados. A la prostituta le molesta ver en Bob Hoskins una honestidad que no creía posible en un hombre, y a Bob Hoskins le duele que ella ponga precio a su belleza. Pero ambas son personas rotas en busca de alguien a quien amar. Lo que les une es más importante que lo que les separa, aunque al final tampoco eso sea suficiente. Hay una escena muy paradigmática un poco antes del desenlace, en el muelle. Hoskins comprende la inclinación sexual de la prostituta y empieza a bailar con ella, a fingir los clichés de todas las relaciones de manera bufa. Hasta que con unas ridículas gafas estrelladas en sus ojos, se da cuenta de que eso no es para él. De que nunca podrá vivir una vida normal con una persona tan compleja y difícil. Con alguien que proviene de otro mundo.

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Chaplin x2: Tiempos modernos y El gran dictador.

febrero 3, 2008 at 9:52 pm (Clásicos de ayer y de hoy, Críticas)

Me gustaría poder decir que vi este par de clásicos por mi cuenta, pero no. Nos las pusieron en la asignatura opcional “Cine e Historia”, y como me parecieron dos peliculones muy grandes, quiero comentarlos. No sé qué podré decir de estas dos películas que no se haya dicho ya, pero allá voy (perdón por la cacofonía). De paso, con este post inauguro una nueva sección, “x2”, en la que haré una sesión doble, de lo que sea. Aviso de spoilers:

– Tiempos modernos. 

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Tiempos modernos (1936) cuenta la historia del para muchos mítico personaje Charlot, en los años de la gran depresión. Trabaja como obrero en una cadena de montaje. Dado lo repetitivo de su trabajo, le surge un tick incontrolable por el que irá a parar a la carcel, saldrá, entrará de nuevo, volverá a salir y… creo que es entonces cuando conoce a una guapa joven con la que empezará una nueva vida llena de sueños y esperanzas.

La crítica de la película de Charles Chaplin no está escondida y no hace falta ponerse gafas de pasta para localizarla. En escenas como la que abre el film, con ese rebaño de ovejas corriendo hacia la fábrica, ya nos damos cuenta de que Chaplin quiere transmitirnos el monótono modo de vida que se llevaba entonces. Gente que vivía para trabajar y trabajaba para sobrevivir, sin mayores alicientes, y con una compensación económica de pobre para abajo. En las fábricas la humanidad estaba completamente relegada. El propósito de los jefes consistía en extraer todo el jugo de sus trabajadores hasta dejarles secos. Tanto que (en la película) inventan una máquina de “auto-almuerzo” para perder tiempo en el descanso que disponían para comer. Y claro, en las fábricas la higiene y seguridad era nula, y nadie se responsabilizó hasta el 1833. Ahí se le puede ver al pobre Charlot, espachurrado entre engranajes en aquella famosa escena.

Y no sólo es una atrevida y graciosísima sátira repleta de ingeniosos gags, sino que tiene un estupendo retrato de los dos personajes principales y están perfectamente definidos con apenas dos apuntes. Chaplin es un trabajador más entre la multitud, algo iluso e ingenuo, que intenta como puede adaptarse a los convulsos tiempos que le ha tocado vivir. Se le nota bastante despistado, como si no pudiese asimilar la rapidez a la que avanza la sociedad. Le falta alguien con quién poder superar las dificultades de la época. Y ese alguien llega con una joven huérfana a la que salva de ir a la cárcel por robar una barra de pan, yendo él en su lugar. Habían matado a su padre y llevado a sus hermanos a un orfanato. No le quedaba nada y estaba en la calle, así que ¿qué podía hacer? Cuando Charlot sale de la cárcel comienzan una nueva vida juntos. Se complementan el uno al otro. El amor que sienten es lo que les impulsa a salir adelante. Encuentran una humilde casa y un trabajo decente, pero surge un altercado y lo pierden todo. Menos a ellos mismos, que es lo que necesitan. Así, la última escena irradia un enorme optimismo sin sensiblerías, dirigiéndose hacia un incierto pero esperanzador futuro. Por muy mal que puedan ir las cosas, se tienen el uno al otro y eso es suficiente para ellos. Una muy buena película que nadie debería perderse. 9.

– El gran dictador.

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El gran dictador (1940) nos narra la historia de un barbero judío que se encuentra combatiendo en la Primera Guerra Mundial. Tras salvar la vida a un oficial y tener un accidente de avión, vuelve a Tomania, sale 20 años después del hospital y empieza a darse cuenta de que el mundo en el que vivía ha dado un giro descomunal. El dictador Astolfo Hynkel gobierna el país y la policía del Ghetto se muestre muy hostil con sus ciudadanos, pintando “Jew” (judío) en los cristales. En un altercado con estos, Hannah ayuda al barbero y se enamoran. En otra refriega algo más grave, los policías iban a ahorcar al barbero cuando aparece el oficial Schultz, a quien el barbero había salvado al vida. Este le reconoce y durante un breve período de tiempo, los ciudadanos del Ghetto pueden gozar de una vida tranquila y sin problemas. Pero cuando un banquero le niega a Hynkel un préstamo para satisfacer sus desmedidas ambiciones, este carga su ira contra el Ghetto, y acusan a Schultz de traidor. Envían a este y a nuestro barbero a un campo de concentración, mientras que Hannah y compañía huyen a Osterlich, pero les cogen una vez instalados. El barbero y Schultz huyen del campo y detienen a Hynkel pensando que es el barbero. Confunden al barbero con Hynkel y tiene ante sus manos la oportunidad de cambiar las cosas.

Si bien El gran dictador posee una calidad cinematográfica innegable, no puedo evitar las similitudes con Tiempos modernos. No hablo de que Chaplin y Paulette Goddard sean los protagonistas en ambas cintas, sino que los personajes del barbero y Hannah son prácticamente idénticos a los de Charlot y la joven huérfana (con la diferencia de que la primera tiene más mala leche aquí), dando la impresión de estar ante otro “capítulo” de los mismos personajes. Más allá de esto, nada más le puedo achacar a este gran film. El comienzo en el campo de batalla es formidable. Tiene escenas hilarantes, como la de los pasteles de la moneda o el discurso de Hynkel, y otras sencillamente geniales, como la de Hynkel jugando con la bola del mundo o la escena final. Obviamente, los nombres reales han sido cambiados, pero todos sabemos cuáles son los reales. Tampoco hay en El gran dictador ninguna crítica oculta de difícil desencriptamiento. Es una crítica contra la tiranía y el despotismo que ejerció Adolf Hitler durante su estancia en el poder y la opresión en la que sumió a la nación, a los judíos y a miembros de otras etnias (para luego pasar a exterminarlos). Asombra el atrevimiento con el que critica todo ello, sin quedarse en medias tintas y dejando en muy mal lugar a los altos cargos. Todo ello a principios de la Segunda Guerra Mundial, por lo que es de admirar (otra vez) la valentía de Chaplin. Aún así, se niega a sumergirse en el pesimismo por muy desoladoras que sean las circunstancias, y nos regala un final precioso, lleno de vida y esperanza, con un monólogo que resume las intenciones de la película y queda en la retina de los recuerdos inexorablemente. De obligada visión, por mucha pereza que os pueda dar. 9.

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Capitanes intrépidos: Maravillosa aventura en alta mar.

marzo 31, 2007 at 1:38 pm (Clásicos de ayer y de hoy, Críticas)

Pensaba colgar un post anuncando mi retirada temporal de los blogs, pero como la semana santa me ha pillado de sorpresa, ahora voy a tener el tiempo suficiente para actualizar mi blog de vez en cuando. Tengo unas cuantas críticas pendientes (El último rey de Escocia, The Host, The Shield (serie), Terciopelo zul, Donnie Darko, Toro salvaje, Adaptation, La última noche, Cube, Tres colores: azul, Querida Wendy o Diario de un escándalo que ví ayer), pero finalmente me he decantado por la que probablemente, más me ha gustado de todas ellas. Hace dos viernes me compré Capitanes intrépidos. Tenía serias dudas entre otras, pero no pude escoger una mejor. La ví el pasado domingo, me fastidió por una parte porque pensaba grabarme Jules y Jim que daban en La 2, pero cuando terminé de ver ésta ya había empezado. Aún así no me arrepiento en absoluto, qué maravilla, ¡por el amor de Dios!

Capitanes intrépidos cuenta la historia de Harvey Cheyne (Freddie Bartholomew), un niño asentado en un modo de vida cómodo, dado que su padre es un importante hombre de negocios. Tiene todo lo que aparentemente necesita, pero su padre no puede dedicarle mucho tiempo, por lo que demostrará una falta de disciplina y alardes de prepotencia que le harán caer en un malentendido y también caer del barco dónde viaja. En el mar será rescatado por Manuel (Spencer Tracy), un humilde pescador que le llevará a la goleta We´re here, dónde su vida cambiará para siempre. Como anécdota, decir que la canción que canta Manuel con su instrumento (Ay mi pescadito no llores ya más…) me la cantaban a mí de pequeño.

He de confesar que no soy muy amigo de los clásicos. Me dan mucha pereza y más aún si son en blanco y negro. Muchos me parecen muy sobrevalorados, y dan a pensar que hechos en nuestra época tampoco serían gran cosa. Ésta película da a pensar lo contrario, que ya nunca se harán películas así. Es más, creo que, de los clásicos que he visto, si hay uno que se merece estar dónde está, ese es Capitanes intrépidos. El director, Victor Fleming, se basa en una novela de Rudyard Kipling (dicen revitaliza cada página del libro, pero como yo no le he leído…) para relatarnos una de las más emotivas historias de amistad y amor fraternal jamás contadas. Fleming dirigió unas cuantas películas antes de ésta, pero fue Capitanes intrépidos la que le valió la fama y el reconocimiento necesarios para poder realizar films como Lo que el viento se llevó o El mago de Oz, que dudo lleguen al nivel que alcanza esta maravilla.

La historia está ejemplarmente narrada, con un estudio de comportamientos y consecuencias al principio que en su desarrollo alcanzan la perfección. Los personajes están magníficamente retratados, destacando a los dos protagonistas. Freddie Bartholomew, que hace el papel de niño malcriado y uraño de forma magistral y le queda fenomenal. Una de las mejores actuaciones infantiles que he visto. Un joven Spencer Tracy (ganó su primer Oscar por esta película), cuyo papel de pescador humilde también le viene como anillo al dedo. Le dará a Harvey el afecto que su padre biológico le ha negado, pero con discrección, dado el rudo ambiente del mundo pesquero. La relación entre ambos consigue hacerse enternecedora, y Tracy respresenta una especie de modelo de padre y persona a seguir. Paciente, maduro, protector y puro. Porque su personaje es enormemente puro, como se puede ver en los excelentes diálogos, que son todo un recital de bondad, nostalgia y amor. Y es que esta película está llena de diálogos para recordar. Sin citar ninguno, todos entre los dos personajes principales y algunos entre unos pescaderos y la competencia son sublimes, con enseñanzas, pasado enterrado, optimismo a la hora de ver la vida, etc.

El punto más fuerte de la película, aparte del excepcional guión y su progresivo avance (es que es perfecto) y de la relación entre los dos personajes, destacaría la evolución de los personajes, ejemplar. La “transformación” de Harvey de niño quejica y prepotente a un niño más crecido, valiente, honorable y capaz de rectificar ante sus malos actos se nos muestra de forma tan sincera que resulta, pues eso, una evolución ejemplar de personajes. En cierto momento, cuando el personaje de Harvey dice: “Yo quiero quedarme contigo, Manuel”, se produce un torrente de sinceridad que sobrepasa las barreras del cine para llegarnos directamente al corazón. Por eso, yo creo que a uno le es completamente imposible retener las lágrimas en el final (¿por qué tienen los guionistas que ser tan crueles?) y mantenerse al margen de algo que describe el significado de la “emotividad” en su forma más pura.

Al final nos queda una OBRA MAESTRA incontestable, perfecta en todos sus aspectos, tierna donde las haya, que rebosa emotividad y sentimientos a flor de piel con una sinceridad chocante y una carga desbordante de emotividad. Se la ha copiado mucho, y se nota porque reconozco muchos elementos en películas posteriores (e inferiores, claro), pero ninguna ha sabido captar tan bien el sentimiento de amor fraternal como lo hace ésta del 1937. Es una película que llena, permanece ahí en los recuerdos (he ahí el porqué de las obras maestras) con el cariño hacia los personajes intacto. Como único aspecto negativo (por decir algo) sería que tiene que acabar. Que la película tiene una duración establecida y que nos gustaría que durara eternamente, nos gustaría estar ahí, en alta mar, acompañando a Harvey y Manuel. Es una de esas películas que después de verla dan ganas de agarrar la carátula con todas tus fuerzas y gritar: ¡Qué grande es el cine! En efecto, esta película recoge y nos regala esa bendita sensación que es la magia del cine. Imprescindible para todo cinéfilo o cualquiera que quiera disfrutar de la citada magia. ¡Pescaditooooooooo!

Lo mejor: Prácticamente todo. Desde lo entrañable y tierno de la historia y los valores que transmite hasta la perfección con la que está trazado el guión.

Lo peor: La sensación de tristeza que deja una vez terminada la película.

NOTA GLOBAL: 10.

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El hombre que pudo reinar: La película con la que pude llorar.

diciembre 26, 2006 at 6:25 pm (Clásicos de ayer y de hoy, Críticas)

Hace un mes ví esta película del gran John Huston que casi me hace llorar al final. Por poco, pero no XD. Gracias al padre de una amiga, cinéfilo empedernido que colecciona clásicos (¡casi llega a 2.000!) he podido disrutar de esta joya. Sean Connery, Michael Caine y un irreconocible (ha cambiado mucho) Christopher Plummer protagonizan El hombre que pudo reinar, y John Huston (El halcón maltés, La jungla de asfalto, La reina de África, Moby Dick, La noche de la iguana, Fat city…) dirige de forma excepcional.

Basada en el libro de Rudyard Kipling, cuenta la historia de  Danny Dravo y Peachy Carnehan, dos aventureros trotamundos en la India de 1880. Sobreviven gracias al contrabando de armas, de mercancías y otras dudosas actividades. Un día deciden hacer fortuna en el legendario reino de Kafiristán. Después de un duro viaje a través del Himalaya, alcanzan su meta justo a tiempo para hacer uso de su experiencia en el combate y salvar a un pueblo de sus asaltantes…

Sean Connery y Michael Caine.Escena.

Los actores están todos perefectos, destacando a los dos inmensos protagonistas. Tiene una buena música, excelente montaje y ritmo, que no da lugar para el aburrimiento. Como película de aventuras es perfecta. Tiene acción, emoción, todos los elementos del género, y situaciones graciosísimas entre los protagonistas que hacen que te sientas identificado. Joder, cómo me gustó. La historia, sencilla en un principio, va  in crescendo en emoción hasta un final perfecto, que casi me hace llorar pero que finalmente no lo consiguió. Eso no quiere decir nada, pues yo soy más de emocionarme por dentro que por fuera. Muy pocas películas han conseguido que heche la lagrimilla, y eso que me van los dramones. Habla de temas de gran calado como los sueños alcanzados, los perdidos, la ilusión por que se hagan realidad y sobre todo la amistad. Desde que la ví no he podido olvidar ninguna de sus escenas. He aquí la clave de los clásicos. Seguramente, con el paso de los años, la convierta en inolvidable, como han hecho otros. Gran película, de gran director, con grandes actores, de gran emoción… ¡Todo es grande en esta gran joya!

Lo mejor: Prácticamente todo. Los dos protagonistas, la faceta ética de la historia, una historia contada de la mejor manera posible, la fotografía, los toques de humor, la emoción que transmite…

Lo peor: Prácticamente nada. Salvo que en mi caso le falte esa pizca de algo para echar la lagrimilla.

NOTA GLOBAL: 9.5.

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Enemigo mío: Amigo mío.

noviembre 18, 2006 at 9:40 pm (Clásicos de ayer y de hoy, Críticas)

Enemigo mío es un entrañable film del 85 protagonizado por Dennis Quaid y Louis Gossett Jr. en el que dos seres (humano y Drac) cuyos mundos están enfrentados se ven obligados a convivir y subsistir en un planeta hostil.

Aprovechando la oferta de la Fox con DVD´s a 5.95 € decidí adquirirme este film de ciencia-ficción para toda la familia al que los años no le pesan, salvo en el apartado ténico. Y es que, en ese aspecto se nota la vigencia debido a sus (seamos sinceros) cutres efectos especiales, algo comprensible dada la época en la que se realizó. En cambio, y al contrario de los que ocurre en las superprodducciones actuales, este es un factor que puede valorarse como positivo, pues así se decantaron más por el lado humano de la historia. Por aquel entonces Wolfang Petersen era un buen director, pues se había hecho cargo de esa obra maestra que es Das Boot: El submarino y buenas películas como La historia interminable, En la línea de fuego y esta que nos ocupa. Luego realizó films más convencionales pero igualmente entretenidos como La noche de los cristales rotos, Estallido, La tormenta perfecta y la polémica Troya. Y también americanadas cerca del bodrio como Air Force One o la reciente Poseidón.

Este es uno de sus mejores films, entrañable y con claros valores tan preciados como la amistad, el amor fraternal, las raíces o la tolerancia. Con una buena banda sonora pero con flojos (más bien pésimos) efectos especiales, logra convertirse en una película muy entretenida (en algún momento te puedes reír de los cantos gallinaceos del Drac), para toda la familia, que sigue los patrones básicos y fundamentales de la ciencia-ficción y que al final la caga un poco con un final demasiado tópico.

Lo mejor: Lo entrañable de la historia, su mensaje, lo bien llevada que está y lo bien que le queda el toque de ciencia-ficción.

Lo peor: El final es demasiado hollywoodiense y rompe con el ambiente mantenido hasta entonces.

NOTA GLOBAL: 7.25.

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