Sucker Punch: todo cabe en el mundo piruleta.

julio 24, 2011 at 10:52 pm (Críticas, Mis críticas)

Sucker Punch, lo nuevo de Zack Snyder, era la película que más me apetecía ver esta temporada. No podía parar de ver el trailer y cada avance me acercaba más a la idea de que esto sólo podía molar. Y así ha sido, aunque no en las desorbitadas medidas que esperaba. Tenía las expectativas demasiado altas y tal vez las duras críticas recibidas en Rotten Tomatoes vinieran bien para bajar el hype. Sea como sea, he disfrutado ya dos veces de este goloso espectáculo cuyas cualidades aumentan al no encontrar nada equiparable en el mainstream.

Sucker Punch empieza estupendamente, con un telón que se abre ante un prólogo con alma de cuento oscuro. Una versión del Sweet Dreams de Eurythmics cantada por la propia Emily Browning acompasa perfectamente las primeras imágenes, mientras que la lluvia sobre el cristal de un coche revela el título de la película (golosinas formales con las que Snyder va poblando su película).

Tras un breve paseo por el manicomio (no hay que olvidar esa composición de planos en la conversación de Blue con el padrastro de Baby Doll, heredera del mejor Brian De Palma) comienza la fantasía. Un burdel en el que las protagonistas se ven obligadas a bailar y utilizan el poder hipnótico de ese baile para robar unos objetos supuestamente indispensables para su huída. Sí, la excusa para las escenas de lucha videojueguil está muy cogida con pinzas, pero es aquí cuando el espectador ha de ver las cosas de otro modo, olvidar la lógica y disfrutar del papel que juegan Tomorrow Never Knows de The Beatles o White Rabbit de Jefferson Airplane en la transición a mundos más excitantes que este.

Esos mundos tienen la hechura inconfundible de un videojuego. La lucha con los samuráis gigantes es el tutorial, la escaramuza en las trincheras de la Primera Guerra Mundial la primera y más sorpresiva misión. La batalla contra orcos y dragones es una alocada partida multijugador y la pelea contra robots en el tren un shoot ‘em up en toda regla. Falta un último gran nivel, uno que ponga la guinda del pastel al impresionante despliegue estético de Snyder. Este es sustituido por el drama de la vuelta a la realidad y una última revelación que si bien no es del todo decepcionante, nos deja con ganas de más. SPOILER: Cuando Baby Doll llega al manicomio parece que la lobotomizan directamente, pero omiten el lapso de tiempo en el que ayuda a escapar a Sweet Pea. De ese modo, se sugiere que la fantasía de Baby Doll tal vez tenga tanto de fantasía como de recuerdos FIN SPOILER.

Lo peor que le puede pasar a una película como Sucker Punch es que el espectador no cambie el chip, manteniendo una mirada sobria que observa con desdén la extravagancia de lo que desfila ante sus ojos. Bien, ahí sólo puedo decir que lo siento. Si queréis una película lógica sobre los sueños (aunque dé por culo a la naturaleza intrínsecamente irracional de estos) ahí tenéis Origen. Sucker Punch es un espectáculo descompensado y algo tonto, sí, pero a su vez vibrante, dinámico, delicioso y con una de las mejores escenas de acción que servidor ha visto en mucho tiempo (la de la Primera Guerra Mundial).

Sólo cabe lamentar unos excesivos devaneos con el melodrama que rompen el espíritu jovial de lo anteriormente visto y la falta de un clímax más explosivo. Aún así, Snyder ha parido un retoño por el que seguramente le caparán vistos sus resultados en taquilla, pero que aporta un importante granito de arena para la renovación de ese terreno oxidado y formulaico que es el mainstream. No perdamos el tiempo quejándonos de sus fallos, porque tardaremos mucho tiempo en volver a ver algo así. Cuando estemos embotados por el agrio sabor del lugar común en las superproducciones; entonces sí tendremos motivos para quejarnos.

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Bug: la locura está a la vuelta de la esquina.

julio 21, 2011 at 9:42 pm (Críticas, Mis críticas)

¿Os ha pasado alguna vez que creéis entender algo de cierto modo y luego os dais cuenta de que la realidad era muy diferente? A mí sí. Lei un texto titulado María, en el que se hablaba de alguien que no sabe hacer nada bueno por nadie pero todo el mundo acude a ella. Yo deducí que era una personificación de la droga, pero luego me dijeron que no, que el texto estaba escrito de forma completamente literal. Algo parecido narra Bug (William Friedkin, 2006), aunque a un nivel mucho más enfermizo.

Si Friedkin no ha rodado ninguna película desde Bug, es porque esta es un salto al vacío, puro riesgo, y sin duda asustará a todo productor que se plantee apostar por su siguiente trabajo. Y es que Friedkin ha hecho no sólo una película plenamente coherente con el resto de su filmografía, sino una que exacerba sus rasgos autorales. En Bug, una ambigüedad creciente se va apoderando de los personajes, un cambio interno provocado por los vericuetos más turbios de la sociedad. De aquí se exhala un ambiente malsano que va de la mano con la psique torturada de los personajes.

En este caso, una Ashley Judd que, lejos de estar en horas bajas, se entrega devotamente al papel y borda sin complejos el retrato de una lesbiana que intenta purgar el mal que le han causado los hombres con la bebida. El personaje que interpreta Michael Shannon supone para ella la posibilidad de rehacer su vida, aunque le cubre un manto de dudas. Al principio le presentan como un asesino en serie, más tarde no parece más que una persona tímida y luego algo mucho más oscuro. Lo que está claro es que Shannon es capaz de hacer pasar a su personaje por todas esas etapas resultando no sólo creíble, sino intimidante, peligroso. Por algo es uno de los mejores actores de su generación y de la actualidad (otra prueba de su talento es su papel de Van Alden en Boardwalk Empire).

Tras una primera media hora en la que ambos caracteres se van definiendo, evolucionando, llega la paranoia. Y con ella la mutación de la personalidad del individuo (una constante en el cine de Friedkin). Todo ello apoyado en un ambiente opresivo entre cuatro paredes y la interacción entre los dos intérpretes principales. El origen del guión es un obra de teatro, así que esa interacción tiene mucho de teatral. Los escasos recursos de puesta en escena se suplen con una intensidad candente en las miradas de Judd y Shannon, un bis a bis impetuoso, violento y de una tensión a prueba de escépticos. Incluso cuando el guión elabora unas cada vez más rocambolescas teorías conspirativas, escucharlas a través de la voz de ambos actores las hace casi tangibles.

Friedkin también se ha caracterizado por no cortarse nada en los finales. El de Vivir y morir en L.A. nos dejó a muchos atónitos, y el de esta no es para menos. Un escupitajo a la ortodoxia, una conclusión terrible que cierra con broche de oro el discurso paranoico sobre el que gira la película: las tretas que elabora nuestro cerebro para crear una falsa realidad racionalizada y, por tanto, creíble. Ver sólo lo que uno quiere ver. Y con ese final se confirma, por si no había quedado claro, que William Friedkin tiene un par de huevos.

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Agnosia: inconformismo formal.

julio 12, 2011 at 11:07 pm (Críticas, Mis críticas)

The Birthday, primoroso y marciano debut de Eugenio Mira, fue una película inaudita dentro de la cinematografía española. Tan inaudita que pasó completamente desapercibida y ni siquiera obtuvo el éstatus de culto que merece. Dada esta situación, a nadie le sorprendería que su director se desquitara con un producto comercial para compensar gastos. Nada más lejos de la realidad: el riesgo no es, en absoluto, un elemento perdido en su segundo largo.

No son pocas las cualidades que hacen de Agnosia una película a tener muy en cuenta, empezando por ese riesgo que en el marco actual del cine español se convierte en virtud incontestable. La prueba más visible de ese riesgo es una suerte de “transfusión” de géneros distintos que van reclamando su peso a lo largo del metraje. Desde el thriller al drama romántico, pasando por un fantástico más intuído que mostrado. Por momentos el collage de genéros se tambalea y chirría víctima de su propia ambición, pero la mayoría del tiempo la sensación es de un desconcierto positivo.

Mira hace gala de jugueteos formales que, junto a una cámara inquieta (no en el sentido “tembleque”, sino que rara vez se mantiene un primer plano sin girar para contemplar el entorno que lo envuelve) recuerdan fugazmente a Brian De Palma, aunque el director niegue su influencia en entrevistas y aluda a referencias más clásicas. En todo caso, los alardes talentosos no terminan aquí. El montaje hace un uso espléndido de las elipsis expresivas; concretamente, en acciones simultáneas unidas por símbolos comunes (el amago de disparo en una escena deriva en el disparo real en otra, una mención de diálogo en una escena deriva en la realización de dicho diálogo en otra) que fortalecen la narración. Y la banda sonora, compuesta por el propio Mira, brilla en sus momentos más minimalistas, aunque en otros rezume una épica algo forzada.

Por otra parte, la puesta en escena y ambientación son algo más que elegantes: son fastuosamente inmersivos, con el regusto gótico de Poe y un tenebrismo casi pictórico. La cuidadísima fotografía de Unax Mendía recoge todo eso y hace de la cinta una experiencia visualmente exquisita.

En el aspecto negativo, tenemos, por supuesto, a Eduardo Noriega. Parece que este hombre no ha hecho más que involucionar en sus aptitudes dramáticas con el tiempo. Aquí concretamente, es el causante de que la mayoría de escenas en las que aparece pierdan credibilidad con ese recitar mecánico y antinatural de las líneas de diálogo. Aunque se entienda su presencia como un reclamo comercial, cabía esperar una interpretación algo menos terrible. Tal y como es mostrado en algunas escenas, su personaje es sólo una sombra desenfocada que acaba con la paciencia de su mujer y la del espectador. Bárbara Goenaga tiene un encanto innato y está correcta en su papel, pero su carácter no está pulido y algunas de sus reacciones chocan (la sobreactuada felicidad con la que recibe a su marido tras la “confusión de roles”). Félix Gómez es el mejor parado de todos. Las motivaciones de su personaje están muy bien definidas y su interpretación es coherente con ellas.

Respecto al guión, a pesar de su enredado desarrollo yo no le veo grandes flecos, pero sí tengo dos objeciones en cuanto a su estructura (también ha podido ser cosa del montaje). La escena en la que se presenta al personaje de Félix Gómez y luego se retrocede días atrás está muy desaprovechada. Cuando se volviera a llegar a ese punto de la narración, lo suyo habría sido repetir esa escena, cosa que no ocurre. Para entendernos, en Origen se hacía eso, y aunque sólo valga para decir “ahá, así que esto era lo del principio”, ubica al espectador y le da sensación de seguridad a la narración. La otra objeción es que las escenas en la fábrica con Noriega y Sergi Mateu no aportan absolutamente nada, son un lastre aburrido y burocrático.

Palideciendo un poco en la dirección de actores y en unos diálogos en ocasiones demasiado lánguidos, Agnosia es, con todo, la película española formalmente más interesante del año y una de las más estimulantes. Las malas críticas que está cosechando pueden responder a la dudosa capacidad de alguno de los intérpretes, a guiños cinéfilos y literarios alejados del gusto popular o a su alambicado desarrollo, pero también a un espectador demasiado acostumbrado a fórmulas preconcebidas. A un espectador que cuando le ofrecen algo diferente frunce el ceño en vez de dejarse llevar por el estímulo.

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El acto de presencia de un invitado de honor: la magia.

junio 22, 2011 at 11:14 pm (Críticas, Mis críticas)

Harry Potter y las reliquias de la muerte: Parte 1 supera con mucho a la olvidable entrega anterior y disipa mis prejuicios sobre dividir la última entrega en dos partes. Sí, era por la pasta, pero también estaba justificado narrativamente. Los hechos mostrados aquí están muy bien dosificados a lo largo del metraje, y meter ambas partes en una habría acabado saturando por acumulación.

Si algo distingue a esta de las dos o tres entregas anteriores es que, como dice un personaje en la película, algo ha cambiado. En el apartado técnico luce igual de bien que siempre, con efectos especiales currados y convincentes. No hay cambios en eso. El cambio está en el uso que se hace de esas herramientas. Mientras que en el pasado el mero intento de epatar o la monotonía ganaban la jugada, aquí parece haber una verdadera noción del propósito al que sirven esos elementos. De saber que no son más que accesorios de algo mayor.

Las escenas de acción están rodadas impecablemente, tienen mucho nervio y, lo que es más importante: están perfectamente integradas en la trama principal, la de una misión acuciante que en ocasiones alcanza matices místicos inesperados. Y que las (escasas) concesiones al tonteo no resulten empalagosas tiene un mérito considerable (¿he oído Crepúsculo por ahí?). Meritorio es también conseguir que la muerte de una criatura mágica resulte más trágica que la de un humano. Pues con ella no sólo muere el individuo, sino una parte del mundo al que pertence.

En esta penúltima entrega se aprecia un pulso narrativo que no se veía desde la tercera, cuando Alfonso Cuarón le dio un brío adulto a todo el tinglado. Aquí se mantiene ese espíritu. La maldad que antes estaba más restringida, más localizada, va extendiéndose hacia terrenos cada vez más familiares. Los protagonistas ya no van a Hogwarts, la magia ya no les rodea. Se convierten en sus buscadores, como el espectador. Y ya sea bajo la forma de chispazos de varita o de luces tenues al anochecer en un recóndito bosque; afortunadamente, ambos la encuentran.

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