No matarás, de Krzysztof Kieslowski

julio 5, 2013 at 8:29 pm (Clásicos de ayer y de hoy, Críticas, Directores, Reflexiones, Social)

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Krzysztof Kieslowski es uno de los autores que más veces se omite injustamente en las listas de ‘mejores directores’. La mayor parte de su prestigio lo obtuvo con sus últimas películas, ya que su primera etapa suele pasarse por alto en favor de la segunda. De esa primera etapa su obra más reconocida es No Amarás, crudo relato de amor no correspondido. Pero he decidido hablar de su película posterior, No Matarás, pues contiene más elementos y constantes estéticas que explotaría en posteriores proyectos. También hace un gran uso del medio cinematográfico como ensayo moral. Muchos son los cineastas que afirman que el cine es el medio más apropiado para tratar los entresijos de la moral, ya que tiene la capacidad de mostrar el comportamiento humano con una pureza inalcanzable para otros medios artísticos, sin someterlo a juicios ni moralinas. No Matarás es un perfecto ejemplo de esto. Tres historias principales se entrecruzan. Un abogado, un taxista y Jacek, un joven que vagabundea por la urbe. Sobre este último recae la tarea del discernimiento entre lo que es moral y lo que no, y los otros dos personajes son los recipientes de esa moral amorfa sobre la que deberán esculpir su propio sentido.

La fotografía de tonos ocres y oscurecimiento en los bordes del plano acentúan la fealdad que rodea a Jacek. Fealdad exterior que acaba calando internamente. Conforme la trama avanza vamos observando un comportamiento errático en Jacek. Empuja violentamente a un hombre en un baño, se ata con fuerza una soga a la mano mientras está en un restaurante… Y a veces su comportamiento deja de ser errático para quedarse en lo ambiguo. En el restaurante en el que se ata la soga, tira el café al cristal del restaurante. Al otro lado del cristal están plantadas dos niñas que sonríen. Él les devuelve la sonrisa y por un momento parecemos contemplar una bondad pura e inusual en este joven perturbado. Más tarde, nos es revelada cierta información sobre su hermana, y esta escena adquiere una significación especial. Estas niñas le han devuelto el recuerdo de su hermana, y con su sonrisa han brindado el último instante bello a una vida que acaba.

Paralelamente a la historia de Jacek, seguimos a un abogado en su entrevista de trabajo. Esta historia contrasta estéticamente con la de Jacek. Mientras que en aquella veíamos un retrato urbano tirando a feísta, aquí tenemos una iluminación preciosista con filtros de color verde. Una abstracción se esconde tras esta decisión estética. La significación del verde se une sobre todo con la naturaleza. En la película está usado con ese propósito, enfatizar la naturaleza; pero no la Madre Naturaleza, sino la nuestra. Además, la iluminación va en consonancia con el carácter del abogado. Este es sensible (tal vez demasiado) y comprensivo, está dispuesto a ir más allá, a escarbar en la condición humana con las manos acusadoras atadas a la espalda, aunque lo que vea no le vaya a gustar. Masoquismo humanista. Cuando el destino le junte con Jacek, no podrá desprenderse de su responsabilidad para con él aunque como abogado esta haya cesado oficialmente. Lo peor no es perder el caso, sino imaginarse en su pellejo. No poder refugiarse en el “es un hombre malo que tiene lo que se merece”. La conversación que mantiene con él en la cárcel hace pedazos todos los prejuicios, los blancos y negros, y le sumerge en un mar de grises del que es difícil extraer sentido. Pero si una cosa le queda clara es esta: en Jacek todavía hay bondad. La misma que habita en él. Y si Jacek muere una pequeña parte de su interior morirá también.

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La tercera trama es a la vez la menos relevante en términos narrativos y la más rica en simbología. Seguimos a un taxista que disfruta fastidiando a sus clientes, exponiendo mundanas pero claras señas de maldad. El karma vuelve a equilibrar la balanza cuando un cliente al que recoge resulta no ser muy amistoso. En el coche cuelga una figura con cara de diablo, que puede ser un modo irónico que tiene el taxista de auto-definirse, o un símbolo obvio pero no menos efectivo de lo que está a punto de ocurrir. Hay también una analogía bíblica en el perecimiento del taxista. Este es asesinado con una piedra, al igual que Abel lo fue por su hermano Caín. De hecho, en su entrevista de trabajo, el abogado saca a relucir esta cita: “Desde Caín, ningún castigo ha sido capaz de mejorar el mundo”. El asesinato del taxista es parecido en ejecución al de Abel, pero no arregla nada. Sólo trae desdicha a quien lo comete y a los que le rodean. Castigando provocamos el dolor que conducirá a más acciones merecedoras de castigo, y perpetuamos ese círculo vicioso siempre que no se dé cabida a la compasión.

Una vez que las tres tramas han confluido en una, uno de los principales temas de la película sale a la luz: la crítica a la pena de muerte. Kieslowski crea equivalencias entre la muerte de un ser humano y el ejercicio clínico, el cálculo matemático. Expone con deliberada frialdad el proceso de preparación para la ejecución, que es a la vez el proceso de deshumanización de quien lo prepara y, por ende, de la sociedad que lo apoya y del sistema que lo perpetra. El mensaje aquí está claro: la deshumanización de la sociedad. Aún así, percibo que muchos espectadores se han detenido demasiado en este punto, reduciendo la complejidad del film al mero alegato contra la pena de muerte. Pero No matarás es mucho más que una película-denuncia.

Prueba de su extrema sutilidad la tenemos en una pequeña escena en la cárcel. Vemos a un empleado de la limpieza que se detiene durante unos segundos. Tiene un semblante muy parecido al de Jacek y una mano metida en el bolsillo. ¿Y si él también tuviera una soga atada a su mano escondida en el bolsillo? ¿Y si hubiera un enemigo de la justicia vagando libre en la casa de ajusticiamiento? ¿Puede esta casa hacer algo para remover los aspectos incómodos y oscuros de la naturaleza humana? ¿O seguirá esta vagando libre y riéndose ante nuestros vanos intentos de aplacarla?

En el juego de equivalencias que propone Kieslowski, el asesinato del taxista tiene similares características y pesquisas morales a la pena de muerte: se juzga como malvada a una persona por sus actos y le es impuesta una ley que nos hace pasar por dioses. La única diferencia estriba en que Jacek ignoraba la malicia del taxista, y le ejecutó sin saberlo. El sistema sí sabía de la maldad de Jacek… En teoría. Pero, ¿puede el verdugo adquirir verdadera consciencia de la maldad del ejecutado cuando no se le ha dado un margen de duda? ¿Podemos aprehender la verdad y llegar a entender cuando nos apresuramos tanto en juzgar?

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Opera, de Dario Argento.

marzo 18, 2013 at 8:32 pm (Clásicos de ayer y de hoy, Críticas, Curiosidades, Directores, Reflexiones)

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Observamos la platea de un teatro desde los ojos amenazadores de un cuervo. Este es más consciente que nadie del desastre que está por venir. Intenta avisarnos con sus graznidos, pero los actores sólo ven en estos una molestia de la que deshacerse. Mediante planos secuencia se nos muestra el caos organizativo que se halla detrás de las bambalinas. Actrices con complejo de divas descontentas con cualquier detalle, productores buscando asegurar sus intereses mediante ruín condescendencia. La joven cantante de ópera Betty es escogida como suplente de la actriz principal en Macbeth. Betty es sensible, receptiva a las advertencias del cuervo. La función resulta ser un éxito, pero tanto los avisos del cuervo como los miedos de la actriz se ven consumados; un trágico incidente en uno de los palcos, una muerte que da coba para la superstición de una supuesta obra maldita.

El comienzo de Opera nos muestra a un Dario Argento en plena forma, tal vez como no lo vayámos a ver nunca más. Tras el inicio, se nos presentan un surtido de personajes sospechosos: un investigador que resulta ser fan de Betty, la asistente de esta o el propio director de la obra (Ian Charleson), misterioso y obsesivo. La muerte de unos irán descartando candidatos hasta la revelación final. Debe decirse que el guión cae en la ridiculez y desafía a la lógica en incontables ocasiones, declarándose como mera comparsa para plasmar los intereses estéticos y visuales de Argento. Pero es esa completa desfachatez, ese desparrame tan sincero, el que la sitúa por encima de otras propuestas medianas de Argento como Tenebre, que no terminan de apuntalar su potencial. En Opera todos los elementos recurrentes del cine Argento están en su mejor forma. El juego de colores (iluminación roja en la habitación de la protagonista cuando el peligro acecha), planos interiores de coches mientras la lluvia resbala por los cristales, y por supuesto, una cámara dinámica y juguetona. 

Esta es pues, una película que encuentra su mayor fuerza en lo cinético. Por tanto, es una película de momentos, en las que destacan dos especialmente. El primer encuentro entre la protagonista y el asesino. Este escoge el lugar más elegante posible para torturar a la protagonista. La ata, y pegando con celo unas agujas curvadas en el contorno de sus ojos, le obliga a observar el sangriento asesinato de su novio sin poder parpadear. Argento se detiene en los detalles escabrosos de este escena, pero a la vez está tan deliciosamente planificada que surge la paradoja que busca Argento, y por extensión el giallo: hallar placer en algo prohibido, convertirte en voyeur y no poder apartar la mirada de los actos del asesino… Probar la sangre y deleitarse ante su dulzura en vez de escupirla. Tal vez la visceralidad de las muertes tenga también relación con el contexto de la película, y es que a Argento no le dejaron dirigir la ópera de Verdi ‘Rigoletto”. No parece muy casual que tras ese chasco hiciera una película en la que se suceden asesinatos en un teatro donde se está preparando otra obra de Verdi…

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El otro momento que sobresale es el ataque del asesino en la casa de la protagonista. La iluminación exterior colándose por las persianas, los flashes verdes y demás elementos estéticos contribuyen a crear expectación para la escena del disparo tras la puerta. El modo en el que está rodada, con planos subjetivos de la mirilla, un imposible plano macro de la bala y una cámara lenta que muestra el recorrido de esta, hacen pensar en los momentos más álgidos de Brian De Palma. Tras esa gran escena, una niña salida de la nada guía a la protagonista por un pasadizo a lo Misión Imposible. Al parecer se pasaba el día espiándola porque sus padres discutían mucho. Sí, tal es la desfachatez del guión. En Opera conviven lo mejor y lo peor. Si estás atado a la lógica y gritas en desesperación cada vez que los personajes de una película hacen algo que va en su contra, no te acerques a este film. Si por el contrario gustas de emociones viscerales, estética refinada y no te chirría el contraste entre una dirección virtuosa y un tontuno guión, disfruta del viaje.

La ambivalencia cualitativa se ve con claridad en la escena de la última representación teatral. Se liberan a una manada de cuervos en el teatro con el dudoso fin de capturar al asesino (¿Tienen los cuervos un sexto sentido? ¿Lleva el asesino perfume de cuervo?). En realidad, no es más que una excusa para que Argento pueda emplear unos planos subjetivos moviéndose en círculos, que recuerdan a ‘La Doble vida de Verónica’ de Kieslowski y acaban mareando más de la cuenta. Aquí el exceso clama por un motivo de peso que lo sustente. Pero inmediatamente después, un cuervo arranca un ojo del asesino y lo saborea con el pico hasta comérselo. Otra vez, el espectador se debate entre desdeñar la ridiculez del conjunto o valorar su inaudita extravagancia. Porque cuando crees que ya lo has visto todo, te sorprenden con ese final a lo Terrence Malick, que no tiene nada que ver en tono a  anteriormente visto, pero que tampoco está exento de significado. Una chica que ha sufrido y ha sido torturada en compañía de humanos, acaba encontrando en las flores y la naturaleza su último refugio.

 

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Crítica: The Master.

enero 20, 2013 at 8:34 pm (Críticas, Directores, Reflexiones)

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The Master empieza con agua. La calma tras la guerra. No se nos muestra la experiencia de Freddie Quell (Joaquin Phoenix) en batalla, sólo un rostro perdido bajo un casco que hemos de desencriptar. Más tarde sabemos que no estaba seguro de si había matado a un hombre. Se siente culpable, pero no puede identificar el objeto de su culpa. Su vida en la posguerra es igual. Tiene un trabajo decente, pero es miserable sin saber acotar la razón por la que se siente así. Sólo sabe rendirse ante aquello que le evade de esas sensaciones: el sexo y la bebida. Su incondicional entrega hacia ambos vicios le mete en problemas, hasta que conoce a Lancaster Dodd, el Maestro (Philip Seymour Hoffman), líder de una organización denominada “La Causa” con obvias referencias a la Cienciología.

Freddie ve en Lancaster una oportunidad para escapar de sus vicios, pero ignora que su Maestro también los tiene. La ira le domina cuando alguien pone a prueba sus doctrinas, algo indigno de cualquier gurú; pero la necesidad de alguien que le guíe es tan grande que ignora todas las señales de alerta. A su vez, Lancaster envidia la naturalidad con la que Freddie abraza su condición de animal. No tiene pretensiones de llegar más alto, al contrario que él. Son dos hombres con mucho en común. Uno no sabe nada. El otro aspira a conocer la totalidad del universo pero sabe menos aún.

En la primera sesión que tienen para discutir su inserción en “La Causa”, Freddie consigue mirar al pasado y localizar el objeto, o la persona, que podría hacerle feliz. Según Lancaster, la repetición de palabras clave da pie a la liberación de traumas pasados. Lo que es seguro es que los reaviva. Freddie se da cuenta de que ha estado dormido todo este tiempo, evitando encaminarse hacia su objetivo porque no se creía merecedor de él. La inocencia tiene un virginal rostro de apenas 16 primaveras, y todo hombre perdido se agarraría a tal idea como a un salvavidas. Ella podría parar la cadena de whiskys de madrugada y coños calientes que sólo le conocerán por una noche. Si no regresa hacia ella, es sólo por una certeza que le corroe: no puede existir una relación saludable entre ellos, y es preferible dejar a un ángel libre antes que corromperlo. Esta sesión, que tiene más de meditación que de test psicológico, será la única con resultados positivos.

Cuando Freddie y Lancaster son arrestados queda clara una descorazonadora verdad. Nadie les ve ni les acepta tal y como son. Freddie no tiene a nadie, y Lancaster está rodeado de falsos acólitos que no creen en él (ni siquiera su hijo). Eso sin contar que las muestras de afecto de su fría mujer (excepcional Amy Adams y excepcional escena) se reducen a masturbarle cuando se siente frustrado. Así que sólo se tienen el uno al otro. Al saludarse se revuelcan por el suelo como animales, quedando patente la naturaleza de su relación. Lancaster podrá ser un mentiroso y un manipulador, pero es lo suficientemente honesto como para reconocer lo que comparte con él una criatura tan descarriada como Freddie, en vez de mirar hacia otro lado como haría la mayoría. Le dice que no quisiera verle en otra vida, porque le mataría. En otra vida podría no ser tan tolerante, saber ver lo peor que hay en él y, más difícil aún, aceptar a la persona que simboliza ese estiércol interno.

El experimento continúa. La paciencia de Freddie es puesta a prueba en un cara a cara con el yerno de Lancaster, y falla miserablemente. En otro ejercicio que incluye mirar a una ventana, se pone a besar el cristal: su verdadera naturaleza aflora por entre los márgenes de la cárcel diseñada para contenerla. Su complejo de Edipo sigue haciéndose cada vez más fuerte. Sueña con fiestas en las que las mujeres están desnudas, y es incapaz de reprimir sus deseos. El incesto que perpetró con su tía nos da pistas para pensar que, siguiendo las pesquisas freudianas de su conflicto edípico, la veía a ella como a su verdadera madre. Una mujer madura, con senos generosos, mirada lasciva y ciertos rasgos de ramera. El perfil de todas las mujeres con las que se acuesta y todo lo que su ángel de 16 primaveras no era. Tal vez evitó acostarse con ella para no convertirla en otra triste extensión de su tía.

Al final, el fracaso de Lancaster queda patente. Freddie se fuga y, tras un breve intento de recuperar a su ángel, vuelve a caer en los vicios. Como Álex en ‘La naranja mecánica’ tras soportar el tratamiento Ludovico, sigue siendo exactamente el mismo de antes. Sigue buscando los atributos de su tía en toda mujer con la que se cruza. El calor, la seguridad y las tetas con prominentes pezones que su tía le proporcionó en un pasado dolorosamente lejano. Cuando no puede obtenerlas, las dibuja en la arena y se queda abrazado a ellas, como un niño resguardado en el vientre materno.

 

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El vientre del arquitecto: La arquitectura del alma.

diciembre 6, 2012 at 8:02 pm (Clásicos de ayer y de hoy, Críticas, Curiosidades, Reflexiones)

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La arquitectura construída por el hombre es la carne visible de una ciudad. Cuando nos paramos frente a una obra arquitectónica no estamos viendo una “cosa”. Estamos contemplando la resulta de la dedicación de muchos antepasados. En el intestino humano se concentra la mayor parte de carne humana, preparada para ser convertida en carne de polis. No es de extrañar pues, que para el arquitecto de esta película el vientre suponga una obsesión. La carne es su potencial y su inspiración, y el vientre que a duras penas la alberga es su enfermedad.

El vientre de un arquitecto comienza con Kracklite, el protagonista, llegando al orgasmo mientras entra en tierras italianas. Esa misma noche, preside la inauguración de la exposición de Boullée que dirige, donde se da lugar una escena que agradezco mucho, como amante del cine: la reivindicación del aplauso. Aplaudir frente a una gran obra como reconocimiento de su mérito artístico (por desgracia una costumbre ya casi extinta). A partir de esa noche todo va cuesta abajo para Kracklite. Tras la inauguración de la exposición de Boullée, sus socios roban dinero de la exposición, y para más inri, uno de ellos tiene una aventura con su esposa. La serie de desafortunados eventos le provoca el agudo dolor en el vientre al que se hace referencia en el título. ¿Dolor artístico? ¿Existencial? ¿Llevar el peso del arte en las venas y sufrir con él? Como él mismo dice: “A veces es redondo, otras veces se siente como un cubo. La mayoría del tiempo se siente como una pirámide egipcia. ¿Los faraones sufrían de calambres estomacales?”. También es digno de mención que el dolor se produzca mientras su mujer está embarazada. ¿Miedo ante la punzante responsabilidad de la paternidad?

Este marco de declive personal sirve a Peter Greenaway para criticar las infraestructuras anti-ideológicas que sustentan un arte siempre ideológico, la instigada codicia fruto (podrido) del capitalismo, y cómo unos trepas sin talento se llevan la fama y reconocimiento que corresponde a otros mientras estos observan su obra en desesperanzado anonimato. Todas estas preocupaciones socio-políticas están presentes con una sutileza que las libra de lo plomizo. También podemos observar preocupaciones históricas que derivan en existenciales. En una escena, Kracklite conversa con su médico sobre gobernantes y grandes líderes mientras pasean junto a sus bustos: Adriano, Galba, Nerón… Todos comparten el modo de morir: miserablemente y gritando. Tras esta conversación, el médico se apoya en una pared mirando a Kracklite marcharse: otra gran mente atormentada que probablemente muera en tristes circunstancias y cuyo busto podrá encontrarse dentro de unos años en ese mismo lugar. El destino compartido de las mentes enfermas y geniales.

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Así como las preocupaciones temáticas y de fondo existen y son ampliamente visibles, la columna vertebral del cine de Peter Greenaway es otra: la estética. Greenaway jamás podrá dejar de lado sus preocupaciones estéticas. El cliché tan sobado “cuadros en movimiento” se vuelve completamente cierto, pero deberíamos especificar qué tipo de cuadros. No cualquiera, sino cuadros de grandes autores: De Chirico, Rembrandt, Jan Vermeer, Jan Six… La composición con ánimo pictórico de los planos está bendecida con el mágico barniz de lo atemporal, los encuadres perfectamente simétricos de enclaves romanos despiertan el sentido del asombro, los reflejos del agua nos sumergen en la melancolía, y la iluminación usando diferentes colores aporta un lúgubre misticismo y riqueza simbólica a un buen número de escenas. Tampoco conviene olvidar a un personaje de suma importancia en el cine de Greenaway: la música. En esta ocasión no viene firmada por Michael Nyman, su colaborador habitual, pero la partitura de Wim Mertens y Glenn Branca en unión con las imágenes logra momentos de sincera (y trascendente) emotividad. Con todo, no alcanza el nivel de magnificencia de El ladrón, el cocinero, su mujer y su amante (su obra magna y una obra maestra nunca lo suficientemente reconocida), pero se posiciona como una hermana pequeña muy precoz.

Se me escapan las razones por las que Peter Greenaway no es más reconocido entre la comunidad cinéfila (el hecho de que ni siquiera Criterion se haya molestado en editar sus obras decentemente en DVD puede tener algo que ver), y con películas como esta mi estupor aumenta. El vientre del arquitecto es, ante todo, cine vivo y abierto, de ese que tanto escasea últimamente. Aunque la trama pueda no resultar lo suficientemente precisa (no necesita serlo), es difícil ignorar las cualidades que encierra la película. Un Brian Dennehy inmenso, la música inolvidable de Wim Mertens y Glenn Branca, una fotografía repleta de colores oníricos que susurran significados, Roma como nunca antes la habías visto, escenas de pura magia (las fotos en la pared y el posterior beso tras las cortinas; el final…), las analogías bíblicas e históricas… Greenaway se ofrece a transportar nuestro bagaje vital al celuloide.

Ya sea mediante el esplendor arquitectónico de las ciudades, la desazón del artista verdadero encerrado en un mundo mercantilista, el miedo paternal o la odisea del autodescubrimiento, siempre queda espacio para proyectarte a ti mismo en la ficción. Y esa es una puerta que el arte siempre debe dejar abierta.

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Decasia: el triunfo del cine.

julio 15, 2012 at 12:57 pm (Críticas, Reflexiones)

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En Decasia, de Bill Morrison, se combinan imágenes alteradas químicamente con sonidos que suponen una experiencia, confirmándonos un hecho: el increíble alcance del cine experimental. Al principio de la película vemos una cadena de proyectores, de hilos con negativos de película, sumergidos en el líquido que lo hará todo visible. De repente, una mano entra en escena y coge uno de los negativos. Es esta la mano de Dios, que puede modificar a su antojo cuantas imágenes quiera.

¿Y si nuestra vida estuviera regida por una mano que altera nuestra percepción, una mano con afán de mediocridad que nos ha mostrado hasta ahora la realidad de forma convencional? ¿Y si la verdadera realidad fuera el mundo distorsionado y turbador de Decasia? Esa mano que altera los negativos determina el fluir mágico de imágenes en Decasia. Y si esa mano puede dominar el cine, también puede hacer lo propio con la vida; pues ambas no son más que ilusión.

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En una escuela católica, unas monjas esperan a que las niñas entren a clase. Pero la deformación de la imagen, la opresiva banda sonora, y la composición (las monjas están en las esquinas, como ángeles -o diablos- custodios) alteran por completo el significado, transformando lo cotidiano en tenebroso. Los niños, puros e inocentes, entran en las puertas del infierno. Lo que deberían ser los primeros y enriquecedores pasos de la educación, se transforman en una pesadilla de obligaciones que poco a poco les va devorando hasta arrancar de su ser lo particular, todo lo que les hace diferentes al resto. Los niños entran con pesar a clase, como militares que van a la guerra, con la única diferencia de que los militares se enfrentan a la muerte física y ellos a la interior.

Un boxeador pelea contra formas desiguales carentes de todo orden… La irracionalidad. La mente lógica y calculadora dándose siempre de bruces con el fenómeno inexplicable. La incapacidad de comprender, en algunos casos, no evoluciona en un deseo de comprensión, sino en furia idiótica del que ni sabe, ni mucho menos quiere comprender. Del que sólo quiere destruir aquello que escapa a su control. Un boxeador idiota. Un paria sin criterio. ¿Por qué hay tantos?

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Lost: incógnitas.

mayo 24, 2010 at 10:40 pm (Críticas, Reflexiones, Series de TV)

No me he podido reprimir de la fiebre lostiana. Último capítulo de una serie que llevamos siguiendo desde hace años. Último paso del camino. El cierre satisfactorio que estaba esperando se ha dado, a pesar de todas las voces decepcionadas que se han alzado. Lost es un producto televisivo que ha aprovechado las exigencias a las que estaba sometido para reinventarse a sí mismo temporada tras temporada, transfigurando así las expectativas en torno a él y dando la espalda a aquellos espectadores con ideas prefijadas sobre lo que debía ser la serie. Los mismos que ahora están decepcionados con el final.

Pero me voy a apartar un poco de la serie en sí para hacer una defensa de la incógnita, del misterio, de las entidades superiores, de la intriga independiente y sin respuestas que la acompañen. Y me voy a apartar de la serie porque creo que esta no ha tenido claro qué posición adoptar ante la incógnita, utilizándola a veces como fin y otras veces como excusa. A la incógnita, para subsistir por sí sóla, le hace falta la capacidad de seducción de un semental, el cariz enigmático que turba sin estar sujeto a nada más que la percepción. David Lynch sabe mucho de eso. 

Lost ha hecho gala de este poder (a su manera y salvando las abismales distancias) durante gran parte de su recorrido (la escotilla, los números, Los Otros, los vídeos de instrucción, los viajes en el tiempo, Jacob…). Pero en la última temporada se rompió esa tradición que era parte de la serie, y se puso un par de incógnitas carentes de todo interés en posición hegemónica sobre el resto. Me refiero al Templo y, sobre todo, a cierto personaje femenino del capítulo 15. Este ha sido, para un servidor, uno de los mayores errores de los guionistas, en apariencia poco importante pero que se carga muchas de las bases de la serie. Por un lado, explicación inútil, porque sólo da un paso arriba en un árbol genealógico que parece no tener fin; por otro lado, desviación con respecto a la concepción independiente de la incógnita que hasta el momento, salvo algunas excepciones, había tenido la serie. ¿Y a qué lleva el perder esa concepción? A pedir respuestas, claro, porque la incógnita carece de todo atractivo. Y he aquí el error que ha caracterizado a muchos fans acérrimos de la serie: pedir respuestas aun cuando las incógnitas ya estaban justificadas como tal. Un error creado tanto por la desidia crítica de estos fans como por la indecisión conceptual de la propia serie.

Pero, ¿por qué tanta querencia general en que las incógnitas sean resueltas? Lo importante es que la incógnita intrigue, fascine, sea enigmática sin quedarse en el intento. La revelación de esta sólo lleva a la decepción. ¿Por qué? Porque no hay respuesta en la cabeza de ningún guionista que se pueda equiparar a la medida en que esa incógnita te ha turbado y obsesionado, a lo que te ha aportado como tal.

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Sobre reyertas silenciadas y dislates críticos.

noviembre 26, 2009 at 6:10 pm (Reflexiones)

Reproduzco íntegra una pequeña disputa que tuve con Alberto Abuín, responsable de una página de cine bastante conocida, hace ya algún tiempo:

Cinematic:

Te lo escribo aquí porque en el post en cuestión no me deja: He intentado morderme la lengua pero no puedo. Tu crítica de “Margot y la boda” me parece nefasta. No ya porque cortes todas con el mismo patrón y venga con las incongruencias gramaticales “de fábrica”, sino porque denota en tí una incapacidad empática enorme. Son muchos los que han puesto por los suelos a esta película, pero al menos han sabido justificarse mejor. Tú básicamente te limitas a echar bilis sin fundamento, que si “aureola trascendental” por aquí o “exagerada confusión” por allá. Expresiones “de comodín” y vacías que no hacen más que anular la personalidad de tu texto. Lo de “desajustadas interpretaciones” ya es de traca, creo que ni tú sabias lo que significa (otra cosa es lo que querrías haber dicho).

Pero lo peor es esto: “John Turturro hace un cameo, lo que debería hacer siempre”. Decir esto de un actor que lleva años y años demostrando lo camaleónico que es (y la amplia gama de papeles que es capaz de afrontar) y quedarse tan ancho me parece directamente una falta de respeto al lector. Eso por no decir que su breve aparición sirve para darnos muchas pistas acerca del personaje de Kidman.

También lamento que no hayas entendido el epílogo, pues está lleno de sentimiento. Y de ilógico tiene lo que tú de crítico esmerado; es decir, 0. Creo que si en un visionado no se ha desarrollado la capacidad suficiente para enfrentarse a una obra, es mejor dejarlo.

Y decir que aunque no lo parezca, esto va sin acritud. Dentro de poco (espero) publicaré una crítica sobre “Margot y la boda”. Te invito a que te pases y eches pestes de ella si te place.

Saludos.

Alberto Abuín:

Pues para ir sin acritud, te has despachado a gusto, Cinematic. Bueno, aunque éste no sea el post para comentarlo, no pasa nada.

Ya ni recuerdo mi crítica de ‘Margot y la boda’ (película que me sigue pareciendo un bodrio), pertenece al grupo de mis peores textos, que son aproximadamente el 99% por ciento de lo que he escrito aquí. Pero eso es lo de menos.

Ni me interesa discutir sobre esta película (hacerlo sobre ‘Tarántula’ estaría mucho mejor), ni me apetece visitar tu blog. Visito muy, muy pocos blogs personales.

Saludos.

¿Por qué ahora? Primero, esto no es el log de ningún chat. Me enteré hace poco de que el responsable había decidido borrar los comentarios de la página, ignoro si por inconfesa vergüenza o por ver amenazada su reputación (juas). Hice el comentario en una crítica de Tarántula de Jack Arnold porque el post de Margot y la boda no admitía comentarios. Podría ser que me los hubiese borrado por no estar en el post corresponiente, pero no cuela porque le avisé y él mismo me dijo que daba igual.

Segundo, y más importante, porque si entráis en la página podéis encontrar un dúo de críticas sobre The Box a cada cual más fatua y vergonzosa (y nada tiene que ver el hecho de que la película les haya gustado o no), a las que aplico todas y cada una de las palabras que dediqué a Abuín en ese comentario. Aparentemente escritas por gente que no ve más de 4 películas al año (las 4 blockbusters), muestran una escalofriante y ortodoxa visión del cine, de lo que debe ser y esta película no es. En un caso resulta particularmente punible que, al final de la crítica, se reconozca no haber entendido nada de la película; ¿con qué intención se han escrito entonces los párrafos anteriores?. En el otro, una epatante insensibilidad para con la rama del arte sobre la que se escribe, la mera expulsión de exabruptos ofuscados, sumando que ni siquiera se digne a dar ejemplos para sus categóricas afirmaciones, lo cual imposibilita toda opción de debate. En ambas se deja entrever la creencia de que el cine está hecho para complacer y no para sorprender. Que ha de regirse por unos patrones que den clichés vestidos de argumentos a los que agarrarse a la hora de comentarlo, para así tenerlo todo controlado (¿¡!?). Y si no es que te están tomando el pelo. No hay más.

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Putrefacción en las butacas.

noviembre 7, 2009 at 11:28 pm (Reflexiones)

Este texto debía ser la crítica de The Box. Pero al ir a verla ha ocurrido algo que me ha impedido por completo hacerla. The Box era la película que más esperaba este año, era la primera película que iba a ver en pantalla grande de uno de mis directores actuales favoritos, estaba ilusionadísimo y atacado de los nervios a la vez. Este debía ser un día muy especial, y vaya si lo ha sido, pero en un modo muy diferente a lo que esperaba.

La sala estaba llena. Niños, mayores, pero generalmente críos aneuronales, y eso no lo limito a las personas de corta edad. A los dos minutos empezaron los comentarios: “aprieta el botón, coño”, “menuda rallada”. Nada que no me esperara, en realidad. Pero si ya estaban así en el principio, cuando todo era más o menos “normal”, no me quería imaginar las reacciones que soltarían más adelante. No había forma de meterse en la película, y el espectáculo era cada vez más y más bochornoso. Algunos empezaron a hacer ruidos y a agitar paquetes del modo más estruendoso posible. Cuando aparecía Frank Langella en la pantalla se oía un “lámele la cara” acompañado de risotadas que no cesaban. Aguanté el suplicio durante casi 1 hora. Salí del cine y antes de cruzar la puerta, sin poder reprimirme, grité a la gente: “esto es vergonzoso”.

Al salir pedí en taquilla una hoja de reclamación. Ya sé que el cine no es responsable la que gente que va y que poco o nada se puede conseguir, pero quería al menos sugerir que cuando una situación así se diera, algún acomodador o empleado del lugar interviniera, porque aquello se había salido de madre. De nada servía intentar hacer oídos sordos o llamarles la atención en un tono cada vez más arisco. Cuando en Misión imposible 3 había dos o tres quinquis dando la brasa, bastó un grito para que no volvieran a abrir la boca en toda la película. Aquí era todo el cine. Todo.

Tampoco es justo culpar sólo a la gente de semejante bochorno. No sé a quién se le ocurrió la genial idea de proyectar una película como esta en el cine palomitero por excelencia de la ciudad, donde la gente va porque quiere estar bien cerca de su novia durante el susto de turno, que las explosiones y tiros les quemen los oídos o simplemente “a ver que echan hoy”. En cualquier caso, estas decisiones derrumban el disfrute de muchos, pero claro, “y eso a quién le importa”.

Supongo que para los que sólo vayan al cine a entretenerse, esto no será más que levemente fastidioso, se descargarán los estrenos que quieran en una calidad insultante y se ahorrarán las chorradas del populacho. Pero cuando vas porque lo amas (tres cojones me importa lo cursi que suene esto), es una putada muy gorda y te joden muy pero que muy bien, porque tú seguirás yendo a disfrutarlo como se merece, y seguirás encontrándote con cosas como esta. Por mi parte, no sé si volver la semana que viene y terminar de verla. El precio de la entrada no me preocupa en absoluto, pero lo que tal vez debería hacer es preguntar en taquilla si ha entrado mucha o poca gente a la sala, con esperanzas de poder verla tranquilo. Porque, ¿dónde coño vivo que el pedir ver una peli tranquilo sea pedir mucho, demasiado?

Sólo hay algo que me consuela. Por lo que he podido ver, estoy bastante seguro de que The Box va a tener un éxito de taquilla considerable en España. La gente podrá echar cuantas pestes quiera al salir de la sala, pero lo quieran o no, han pagado la entrada. Y eso es lo único que necesita Richard Kelly para seguir haciendo cine.

Porque todo esto va sobre el cine… ¿O sobre pisotearlo?

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2007, un año de descubrimientos.

enero 2, 2008 at 3:42 pm (Curiosidades, Música, Reflexiones)

Ayer empezó un año nuevo. La mayoría tendrán muchos propósitos que cumplir. Yo no. Como siempre, tengo la vista puesta atrás o en el futuro (nunca en el presente, algo que tengo que enmendar), y he decidido hacer una pequeña lista. La adolescencia es una época de descubrimientos, una época en la que la chispa de la curiosidad se enciende y las hormonas se inquietan cada vez más. Algunos descubrimientos trastocan nuestro modo de vida, o más bien, nos hacen ver más allá de la burbuja en la que vivimos. Nos crean confusión y fascinación, no podemos dejar de pensar en ellos y sentimos que un mundo enorme del que no estamos preparados destruye nuestra burbuja. Dicho de otra forma, son descubrimientos necesarios, que ayudan a madurar, a explorar ciertas cosas cuya existencia ignorabas, y que enriquecen el intelecto.

No todos aprecian esos descubrimientos y siguen viviendo en su burbuja de ignorancia. Desgraciadamente, son muchos. Ya sea porque se sienten demasiado débiles o se ven presionados por sus iguales, sacrifican su curiosidad y lo que ésta podía depararles en pos de las marcas de ropa, porros con los que se marean o el bumping. No les es fácil decir si les gusta o no, porque han sucumbido al cánon, a lo que les echan. No saben ver más allá porque para ellos no hay nada más allá, no tienen criterio y gustan de acomplejar a los que sí. Si tengo un propósito este año, o más bien un (ingenuo) deseo, es que los adolescentes se dejen llevar por esa curiosidad y les lleve a lugares que jamás habrían imaginado. Estos son 5 de mis descubrimientos más importantes del año pasado:

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1. Bruce Springsteen. Un día me pasaron “Radio Nowhere” por el messenger. Me sonaba el nombre de su artista. No paré de poner la canción una y otra vez, y empezé a indagar por la red. Desde entonces no he parado de pensar, cantar, brincar y llorar con sus canciones, videoclips, letras y directos. Es un poco engorro el copiar las letras de las canciones a un traductor y que a veces te salgan sin sentidos, pero en su caso sentía la necesidad de hacerlo. A pesar de que ha ido alternando diferentes estilos a lo largo de su carrera, su espíritu ha estado siempre ahí y no exageraría al decir que si hay un tipo de música que me gusta y va conmigo esa es la del Boss. Me estuve mordiendo las uñas al no poder ir al concierto que dio en el BEC de Barakaldo. Este tío y la E Street Band son grandes, demasiado. Quiero descubrir mucha más música, y he escuchado algunos grupos nuevos, pero ninguno como él (aunque también sería estúpido escuchar grupos con la intención de que le superen). Sé que tengo un gran horizonte por explorar en el mundo de la música. Estoy abierto a recomendaciones (ya hice caso a las que algunos de vosotros vertisteis en “Sobre mí”).

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2. David Lynch. Se ha convertido en uno de mis directores favoritos. Aquel día en el que alquilé Mulholland Drive por curiosidad, Lynch hizo que le diera al coco como pocas veces había hecho antes. Sé que para los detractores sus films más oníricos no son más que desvaríos sin sentido, pero para mí son un milagro de la evasión, en los que uno no puede parar de pensar en los posibles significados encriptados que se sugieren. La guinda del pastel es que también consigue emocionarme muchísimo con películas “auténticas” y lógicas como Una historia verdadera y sobre todo, El hombre elefante.

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3. Los conciertos. Ya había ido a varios conciertos antes, pero fue en las fiestas de Bilbao del año pasado cuando uno me cautivó. No, no fue el de Dover. Este me supuso una decepción tremenda. Cristina Llanos parecía una pija hablando, todo el mundo la vaciló. No paraba de menear la cabeza como una posesa y luego no le llegaba la voz, era como una gallina afónica. Encima versionaron algunos temas anteriores al “nuevo estilo”. Oir Serenade a lo techno-electrónico-pop fue sin duda un golpe demasiado fuerte, como una prostitución de todo lo que habían sido. El de Skalariak sí que me gustó, más que nada porque no tenía ni repajolera idea de cómo se bailaba el Ska y yo pensando: “¿pero qué se ha fumado la gente?”. Superada la confusión, disfruté dando buenas hostias, no sin caerme y que me pisaran encima unas cuántas veces más.

Pero tampoco, el concierto que me hizo vibrar fue… El Arrebato (vómitos entre los lectores). Empezamos viéndolo desde atrás y entre empujones disimulados acabamos en la tercera fila. Allí, con la música a tope me entró un subidón terrible. No paraba de saltar y gritar los estribillos, y en una de estas el pavo me miró y fue en plan “jodeeer, el tío de El Arrebato me ha mirado” y ahí ya me entró la euforia. Debo decir que el estilo de música de El Arrebato no me gusta, pero creo que en las primeras filas hasta con María Jimenez cantando me entraría el subidón. Bueno no, ahí me he pasado xD. No quiero ni imaginarme a mí mismo si el concierto hubiera sido del Boss, Bon Jovi, Dover “Dover” o los Red Hot. No quiero irme de este mundo sin estar en uno de todos ellos, aunque luego la resaca sea tremenda, no pueda hablar en días y tenga unas agujetas del horror. Ah, y los prefiero al aire libre.

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4. Sueños archivados. No recuerdo cuándo, pero más bien a principios del año pasado empezé a apuntar mis sueños. Sí, anotaba todo aquello de lo que me acordaba. Soy incapaz de describir qué signficaba eso para mí y por qué lo hacía, pero sí puedo decir que fue una de las cosas más productivas que hice el año pasado. Son cosas tan extrañas… No sé decir si son fascinantes ni si es algo de mi karma o qué. Pero tienen algo que va más allá de todo, relacionado con mis deseos más profundos, no sé si me entendeis. Me gusta mucho leerlos y revivirlos en mi mente. Espero no dejar de soñar nunca.

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5. Las series. Había visto muchas series antes de que el 2007 llegara. Pero con la “revolución” de series de calidad ya desde bastante antes de lo que me imaginaba, empezé a descubrir series, enganchándome irremediablemente a ellas y esperando ver lo que les ocurriría a mis personajes favoritos en el siguiente capítulo. A esto Internet y el ADSL ayudaron muchísimo, ya que me molesta bastante seguir un horario preestablecido. Así pues, descubrí series como Perdidos, The Shield, A dos metros bajo tierra, Scrubs, Weeds, Los Soprano, Firefly, Heroes, Hermanos de sangre, Las chicas Gilmore, The IT Crowd, Nip/Tuck, Jericho… y seguí viendo otras que ya seguía como Los Simpson, Buffy o Friends.

En un plano más secundario descubrí el whisky escocés (qué delicia), el MP3 (que me amenizó considerablemente las idas y venidas), los cigarrillos (bueno, creo que ya empezé a probarlos en el 2006 xD), el salir por la noche (con resultados anímicos de lo más dispares)… y por supuesto, seguí explorando en los campos que más me gustan (el Cine y los videojuegos). Con todo, no tengo propósitos de año nuevo más allá de centrarme un poco más en los estudios. Tan sólo tengo curiosidad por ver qué me deparará este 2008.

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Salir de fiesta: Una excitante diversión o una degradante humillación.

junio 13, 2007 at 8:42 pm (Reflexiones, Social)

Lo primero, disculpas por mi larga ausencia. Pensaba escribir de nuevo hablando de Habitación perdida o Pesadillas de Stephen King, pero me daba una enorme pereza y prefiero hablar de algo que ocupa más espacio en mis neuronas. Seguramente la mayoría ya sabreis de qué hablo, pero en estos momentos lo estoy viviendo yo y me apetece hablar de ello. Antes de eso, decir que hoy he acabado los exámenes finales con no muy bien pie (los estaba haciendo todos fenomenal hasta mi vergonzosa metedura de pata del último). Si es que no se puede confiar uno antes de tiempo… Mis disculpas por mi alejamiento del celuloide, prometo que el próximo post será una crítica de una película o miniserie. Soy consciente del número de visitas que irá perdiendo mi blog (de las que últimamente no me entero porque desaparecieron por arte de magia del lado lateral).

A lo que iba. Para mí salir de fiesta es algo muy positivo si se hace con tu círculo de amigos (suponiendo que se tiene). Hasta hace poco no íbamos de fiesta a garitos ni discotecas. Ya sabeis, la plaza del barrio, el frontón… Pero es evidente que eso acaba rayando. Hace poco más o así me insistieron mucho para salir. No es que me dejen un horario muy amplio, pero mi capacidad de convencer funcionó. Mi fuerza de voluntad no es aleccionadora. Fui y estaba cagado. No paraba de preguntarme: ¿Qué hago yo aquí? El primer día bebí más que en los siguientes. Me subió muy rápido a la cabeza. Empecé a hacer todo lo que se me ocurría, a decir esas paridas que piensas pero no dices. Sin embargo, me lo pasé muy bien. La semana siguiente eran fiestas del barrio. Y ahí me lo pasé mejor que en ningún sitio. Con los amigos de toda la vida, un lugar conocido y una buena banda, aquello fue una noche descontrolada de baile y risas, sin tener que beber una sola gota de alcohol para divertirse. Luego comenté que me gustaría ligar, como lo comenté aquí. Me dieron toda clase de ridículos consejos, desde apuntarme las marcas de la ropa que tenía que comprarme hasta la crema hidratante a comprar. Algunas voces amigas sensatas me dijeron que eso eran chorradas, que sólo hay que ser uno mismo y listo. Si no ligo pues nada. Pero ¿merece la pena dejar de ser uno mismo por ligar? ¿Puede realmente uno dejar de ser uno mismo? Creo que sí (respondo a la segunda pregunta), y con una facilidad alarmante. Una pregunta que no es tan fácil: ¿En determinadas ocasiones, hay que renunciar a ciertos valores para encajar en cierto sitio o simplemente pasarlo bien?

La semana pasada estaba de subidón porque por fin lo conseguí, liguéeeeeeeeeee!! Aleluya! Me encantó la experiencia, y fue un gran alivio porque francamente, pensaba que jamás iba a ser capaz de mirar a una chica y decirle nada. Te quitas un gran peso de encima. Entonces todo el mundo te alaba, eres el centro de atención (gratísima sensación) y eres más “macho”. A mí me gustó porque antes de enrollarme hablé con ella y nos gustamos. Pero es patético el modo en el que la mayoría liga: “Hey, ¿quieres conmigo?” “Vale”. Morreo. Una más a la lista para fardar al día siguiente. Yo creo que hay unos cánones demasiado establecidos sobre el tipo de gente que liga y el que no. A veces tienes que ser el típico bocazas que no para de decir que se corrió con un vídeo de Pamela Anderson. Así está la sociedad… Si entras a una discoteca del Casco Viejo de Bilbao no puedes quedarte parado. Más vale que te muevas y bailes, hables con todo el mundo… Somos clones unos a otros, no hay derecho a la diferencia, todo es tan superficial que cuesta tomar una buena perspectiva de la situación. Está claro que por mucho que lo pidamos a gritos, no se nos va a conceder nuestro lugar en el mundo, aquel que todos merecemos, pero hay cierto límite entre eso y unas gallinas yendo a un corral donde no saben a lo que van, pero como el resto va, ellas también. No me malinterpreteis, me gusta mucho salir de fiesta con los amigos (me direis 0 en modestia, pero todo el mundo me dice que bailo muy bien), pero a veces te llevas decepciones, o te das cuenta de que tienes algunos amigos de boquilla que en realidad no lo son, a veces hasta piensas que todo es una farsa… Y demás sucesos que te hacen replantear las cosas. O también cuando estás de subidón cualquier tontería te lo estropea y entonces se te viene todo junto encima. Otras veces estoy apiñado en la disco, entre un montón de gente, pero solo, en un lugar que no me corresponde, imaginándome delante del ordenador y pensando que ahí en casa lo pasaría mejor, o al menos estaría más a gusto.

No sé si me he explicado bien. Pero queda patente lo confuso que estoy y la empanada mental que tengo xD. Seguramente sea la novedad de los 15. Me gustaría que me contarais cosas que os han pasado a vosotros cuando habeis ido de fiesta que os han hecho replantear las cosas (o cosas que os pasaron en vustra época de juventud y que os hicieron replantearos las cosas), o lo que opinais del tema si no quereis hablar de vuestras experiencias personales. Me da la sensación de que me he abierto demasiado, ¿no? Bueno, ahora ya sabeis bastantes cosas más de mí. También me da la sensación de haber hablado mucho y no haber dicho nada, de haber escrito como un paleto pre-adolescente, de que mis supuestas reflexiones son de parbulario, de que menudo tono moralizante he empleado, de que esta ha sido la peor manera de actualizar mi blog, mierda de post… ¡Para ya, cabeza loca! También me preocupa haber perdido para siempre el estilo (si así se le puede llamar) que pudiera tener escribiendo. Todo sea acostumbrarse. Trankis, el próximo post me lo curro más, que ya había perdido la práctica. Por cierto, el día 10 fue mi cumple (lo puse en un comment que seguramente nadie leyó; no me haría gracia que lo hubierais leído y hubierais pasado del tema ¿eh?) y no he leído muchos “felicidades” por aquí.

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