Lo mejor del 2009.
1. The Box.
Dentro de no mucho le dedicaré la extensa crítica que merece al film más infravalorado e incomprendido del 2009. De momento no digo más.
2. Malditos bastardos.

Derroche de genio por parte de Quentin Tarantino, quien demuestra que una ingente cantidad de referencias no tienen por qué pisotear la personalidad propia. Sin protagonistas absolutos y con una galería de secundarios realmente espectacular (porque aquí, hasta los bastardos lo son), Tarantino domina a la perfección el tándem de la situación delirante y el plano que busca su impacto a través de un montaje astuto y sutil. Gracias a esos momentos, poco importa que haya algún bajón de ritmo hacia la mitad o que la conversación en el bar esté alargada en exceso. Y el homenaje cinéfilo del clímax final es uno de los más lúcidos que se han visto en mucho tiempo.
3. Revolutionary Road.
Aquí mi crítica.
4. El imaginario del Doctor Parnassus.

La última película de Terry Gilliam es una fantasía añeja que profesa un respeto para con su condición de aventura escapista casi extinto actualmente, y que precisamente por eso se agradece el doble. Cierto es que parte del set se ve pasado de rosca y que la narración se vuelve un poco caótica por momentos, pero es esa misma ignorancia para con lo que “queda bien” la que convierte a Parnassus en una película diferente y muy a tener en cuenta porque, en el fondo, esa ignorancia forma parte del espíritu de la obra y su discurso: rendir culto al poder de la imaginación. A una que no entiende de modas y cuyas posibilidades son infinitas.
5. Up.

Otra maravilla de Pixar, que consigue encandilar desde (y sobre todo en) el principio. Una aventura llena de agradables sorpresas, aunque yo sigo pensando que Pixar mantiene el listón muy alto pero rehusa rebasarlo. Ahora no lo vemos porque la calidad de sus productos sigue siendo altísima, pero si continúan haciendo películas con la misma impronta (algún que otro elemento agrio o de realidad cercana pero conclusiones siempre amables), dentro de unos pocos años empezarán a asomar los fantasmas de la autocomplaciencia con mayor notoriedad.
6. Pagafantas.
Aquí mi crítica. Para mí, la mejor película española del año, por encima de Celda 211 y (por supuesto) de Ágora.
7. Paranoid Park.

Gracias a una cámara que potencia en todo momento la experiencia subjetiva, conseguimos transportarnos a la intranquilidad y turbación del protagonista, quien no hayará más válvula de escape a sus problemas que el tránsito armonioso de unos patines sobre la pista. Tras unos experimentos vacíos con Gerry a la cabeza que parecían susurrar al espectador dispuesto “dánoslo todo sin esperar nada a cambio”, Gus Van Sant coge lo único destacable de ellos (esto es, la esporádica capacidad para sugerir intrincados pensamientos en los primeros planos de los personajes), y elabora una certera parábola sobre la culpa y sobre una redención que sólo puede ser personal, no impuesta por terceros.
Fuera se quedan, por poco, Star Trek y Arrástrame al infierno. La primera es un espectáculo de altura y tiene las mejores presentaciones de personajes del año, pero decae en la recta final y el villano encarnado por Eric Bana es anodino. La segunda nos devuelve al mejor Sam Raimi, o más bien parte de él. Digo esto porque la estimulante imaginería gore de toda la saga Evil Dead (y en especial la de su gozosa segunda parte), ha mutado en algo mucho más estilizado y tal vez más forzado. Los tiempos han cambiado, claro, pero eso no impide que uno no se pueda librar de unos (pocos) tópicos y de relleno funcional que hacen el disfrute más intermitente y menos constante de lo que debería ser. También dejo fuera a District 9, Moon, Avatar y Watchmen, que me gustaron pero tengo bastantes reservas con las cuatro. Y Los Condenados, que me gustó mucho cuando la vi pero ha ido empeorando en el recuerdo.
No quería forzar una lista de 10 películas con algunas que ni siquiera me habían gustado mucho. Sin embargo, hay otras que podrían haber aparecido por aquí de no ser porque todavía no las he podido ver, y son Antichrist, Déjame entrar, Ponyo en el acantilado, Donde viven los monstruos, Los mundos de Coraline, In the loop, Vals con Bashir, El luchador o El secreto de sus ojos. Con suerte, tal vez puedan hacer que mi lista suba a las 10 de convención.
Mis series del 2009.
1. Carnivàle (Daniel Knauf, 2003-2005).

Definitivamente, mi serie del año. Pionera en la ambientación minuciosa de épocas pasadas (más tarde vendrían Deadwood o Roma), en este caso la gran depresión de EE.UU. en los años 30, y más centrada en aprehender la belleza del momento que en acatar la exactitud histórica. Al contrario de esas otras series que prefieren ensimismar únicamente con su intachable estampa, Carnivàle estrecha distancias con el espectador valiéndose de otras y más poderosas armas. El respeto hacia los temas que trata, la aversión a los juicios morales, la dedicación a la evolución de los personajes de la que hace gala, el compromiso para con el espíritu arcano de poderes y energías ocultas que exigen suicidas saltos de fé para concebir su existencia. Aquí el Bien está representado por un fugitivo y el Mal por un sacerdote, dejando claro que las instituciones poco o nada tienen que ver con la naturaleza de los individuos que las representan. Así pues, no es tanto que Carnivàle verse sobre la lucha entre el Bien y el Mal, sino sobre los grises prolijos que nos pueden arrastrar hacia uno u otro extremo.
2. Spaced (Simon Pegg, Jessica Stevenson, 1999-2001).

He aquí la razón por la cual el humor de las sitcom británicas me parece tan efectivo: saben explotar las particularidades de cada personaje y crear situaciones en las que estas choquen con las de otros, equilibrando el surrealismo de esas situaciones con la credibilidad que cada personaje consigue transmitir. Mantener el equilibrio (no pasarse la credibilidad por el forro ni ofrecer el desmadre por el desmadre) no es nada fácil, de hecho creo que es ahí donde fallan muchos productos cómicos. Otra razón, más sencilla, es que tienen el sentido del absurdo mas agudo que he visto jamás. Es por eso que tanto Spaced, como The IT Crowd (UK) o The Office (UK), me matan. Es posible que de las tres, Spaced sea la menos transgresora y punzante, pero lo compensa con su contagioso buen rollo y sus incansables referencias a la cultura pop, que lejos de querer ganarse el favor del público a base de guiños facilones, revelan la dependencia hacia ellas que sufren los propios personajes al tiempo que el espectador se reta a sí mismo por ver cuántas encuentra. En la 2ª temporada sus virtudes están mucho más vivas.
3. Damages (Daniel Zelman, Glenn & Todd A. Kessler, 2007).

Una serie sobre conspiraciones y trapos sucios judiciales, con los abogados representando tanto la justicia como lo opuesto. Lo más destacable de Damages es la habilidad con la que teje detalles de guión y les da importancia por encima de los acontecimientos principales, de modo que hay muchas pequeñas razones para seguir la serie, y si alguna desaparece siempre encontraremos una buena sutituta. Sin embargo, sí hay algo que le achaco, y es no mantener la fachada arty que se vislumbraba al principio del piloto: el humo vistiendo las calles de Nueva York, el zoom que intimida acercándose al ascensor hasta enfocar a una Ellen Parsons desvalijada… Es algo que a lo largo de la serie se sacrifica en pos del entramado de mentiras. Pero como este está tan bien llevado tampoco voy a crucificar la serie por ello. Encuentro una pega más, sobre todo en la season finale, y es que sobrevaloran el impacto del giro argumental. Hay como 4 o 5 giros en el último capítulo, la mayoría innecesarios, de forma que hasta los últimos minutos no conocemos las verdaderas motivaciones de algunos personajes. La serie ya había demostrado saber crear tensión con las miradas y los odios latentes entre Glenn Close y Rose Byrne, un logro mucho mayor que el omitir datos para darle la vuelta a todo una vez tras otra.
4. Hung (Dmitry Lipkin, Colette Burson, 2009).

El piloto de Hung prometía algo más mordaz de lo que acabó siendo. La mano de Alexander Payne tocaba a los ídolos e ideales caídos, la decadencia en el ambiente laboral y familiar y la compasión hacia el perdedor (como ya venía siendo habitual en sus generalmente portentosos trabajos cinematográficos). Los siguientes capítulos se encaminaron más por ese último punto, centrándose en Thomas Jane (Ray Drecker) y su partenaire Jane Adams (Tanya Skagle), gigoló y proxeneta, el primero en un ejercicio de autosuperación actoral y la segunda natural y espontánea como poetisa frustrada plena de inquietudes. El punto fuerte de la serie son estos dos personajes y el grado de compenetración que alcanzan, y el punto débil tanto la escasez de tramas secundarias (sobre todo en los primeros capítulos) como el poco ahínco que se impone a estas. Por ejemplo, las pobreza de matices con la que están tratadas las inclinaciones sexuales del hijo de Ray o la personalidad de la ex esposa de Ray (Anne Heche), poco más que una quejica egocéntrica.
5. Bored To Death (Jonathan Ames, 2009).

Comedia noir-ótica en la que sólo echo en falta más capítulos. La dinámica de la serie es sencilla: un detective amateur a la par que escritor en (eterno) bloqueo creativo resolverá un caso por capítulo que servirá también para definir a los personajes en base a su conducta. Con un Jason Schwartzman debatiéndose continuamente entre la perspicacia y la torpeza, un Ted Danson que es incapaz de dejar sus preocupaciones aparcadas durante un sólo segundo ni dejar de contárselas a quien está a su lado y un Zach Galifianakis en crisis matrimonial rebosando franqueza. Entre cameos autoparódicos de Jim Jarmusch y mucho homenaje a la novela negra avanza esta serie inofensiva y entrañable que no cambia la vida ni destaca por novedosa pero divierte.
Fuera dejo a True Blood, de cuya 1ª temporada hablé largo y tendido. La 2ª ha sido un disfrute pleno y visceral a partir del 6º capítulo. Con un principio de temporada en el que el fulgor de la serie brillaba por su ausencia y la reiteración asomaba tras cada cliffhanger, la remontada a mitad de temporada fue brutal. Esos últimos 6 capítulos me parecen lo más estimulante, atrevido, apoteósico y deliciosamente delirante del 2009 en series.
Biffy Clyro – Only Revolutions.

Siguiendo la estela de Puzzle, el temprano regreso de Biffy Clyro sigue encaminado hacia la comercialidad con cada vez menos pudor en las formas. La agresividad y el break the tempo han pasado a ser cosa del pasado, y exceptuando dos o tres, todos los temas de este Only Revolutions desprenden una ligereza y una jovialidad rebosantes de optimismo que contrasta mucho con trabajos anteriores.
Ese contraste podría llegar a ser positivo si no viniera acompañado de una (a veces extrema) dejadez en las composiciones. Los arreglos circenses de The Captain no pueden camuflar su simpleza pop. En That Golden Rule se dan cita unos estupendos retales sinfónicos en su parte final y un sonido desaliñado, poco definido aunque cañero en el resto de la canción. Bubbles y Born A Horse son canciones agradables e inofensivas que no deparan ninguna sorpresa; poca hostia para el potencial del grupo. Ya he hablado de lo mucho que me gusta Mountains. Esta, junto con Booooom, Blast & Ruin y Cloud Of Stink contribuyen a que la sensación de decepción no sea tan abrumadora, porque el último trabajo de Biffy Clyro contiene también sus baladas más impersonales, clónicas e inservibles: God & Satan, Many Of Horror, Know Your Quarry… Nada más y nada menos que relleno estéril.
Se echan de menos los violentos cambios de ritmo (que transpiraban desdén hacia los convencionalismos melódicos), los alaridos, el cóctel de influencias y el hardcore trasnochado de The Vertigo of Bliss. El último disco de la banda no es una decepción absoluta, pero sí un disco nada propicio para empezar con el grupo, ya que de tan accesible da una idea equivocada del resto de sus trabajos. No obstante, tiene dentro el temazo de Mountains más un puñado de buenas acompañantes, y se mantiene la tradición de alegrarnos la vista con la portada.
Sobre reyertas silenciadas y dislates críticos.
Reproduzco íntegra una pequeña disputa que tuve con Alberto Abuín, responsable de una página de cine bastante conocida, hace ya algún tiempo:
Cinematic:
Te lo escribo aquí porque en el post en cuestión no me deja: He intentado morderme la lengua pero no puedo. Tu crítica de “Margot y la boda” me parece nefasta. No ya porque cortes todas con el mismo patrón y venga con las incongruencias gramaticales “de fábrica”, sino porque denota en tí una incapacidad empática enorme. Son muchos los que han puesto por los suelos a esta película, pero al menos han sabido justificarse mejor. Tú básicamente te limitas a echar bilis sin fundamento, que si “aureola trascendental” por aquí o “exagerada confusión” por allá. Expresiones “de comodín” y vacías que no hacen más que anular la personalidad de tu texto. Lo de “desajustadas interpretaciones” ya es de traca, creo que ni tú sabias lo que significa (otra cosa es lo que querrías haber dicho).
Pero lo peor es esto: “John Turturro hace un cameo, lo que debería hacer siempre”. Decir esto de un actor que lleva años y años demostrando lo camaleónico que es (y la amplia gama de papeles que es capaz de afrontar) y quedarse tan ancho me parece directamente una falta de respeto al lector. Eso por no decir que su breve aparición sirve para darnos muchas pistas acerca del personaje de Kidman.
También lamento que no hayas entendido el epílogo, pues está lleno de sentimiento. Y de ilógico tiene lo que tú de crítico esmerado; es decir, 0. Creo que si en un visionado no se ha desarrollado la capacidad suficiente para enfrentarse a una obra, es mejor dejarlo.
Y decir que aunque no lo parezca, esto va sin acritud. Dentro de poco (espero) publicaré una crítica sobre “Margot y la boda”. Te invito a que te pases y eches pestes de ella si te place.
Saludos.
Alberto Abuín:
Pues para ir sin acritud, te has despachado a gusto, Cinematic. Bueno, aunque éste no sea el post para comentarlo, no pasa nada.
Ya ni recuerdo mi crítica de ‘Margot y la boda’ (película que me sigue pareciendo un bodrio), pertenece al grupo de mis peores textos, que son aproximadamente el 99% por ciento de lo que he escrito aquí. Pero eso es lo de menos.
Ni me interesa discutir sobre esta película (hacerlo sobre ‘Tarántula’ estaría mucho mejor), ni me apetece visitar tu blog. Visito muy, muy pocos blogs personales.
Saludos.
¿Por qué ahora? Primero, esto no es el log de ningún chat. Me enteré hace poco de que el responsable había decidido borrar los comentarios de la página, ignoro si por inconfesa vergüenza o por ver amenazada su reputación (juas). Hice el comentario en una crítica de Tarántula de Jack Arnold porque el post de Margot y la boda no admitía comentarios. Podría ser que me los hubiese borrado por no estar en el post corresponiente, pero no cuela porque le avisé y él mismo me dijo que daba igual.
Segundo, y más importante, porque si entráis en la página podéis encontrar un dúo de críticas sobre The Box a cada cual más fatua y vergonzosa (y nada tiene que ver el hecho de que la película les haya gustado o no), a las que aplico todas y cada una de las palabras que dediqué a Abuín en ese comentario. Aparentemente escritas por gente que no ve más de 4 películas al año (las 4 blockbusters), muestran una escalofriante y ortodoxa visión del cine, de lo que debe ser y esta película no es. En un caso resulta particularmente punible que, al final de la crítica, se reconozca no haber entendido nada de la película; ¿con qué intención se han escrito entonces los párrafos anteriores?. En el otro, una epatante insensibilidad para con la rama del arte sobre la que se escribe, la mera expulsión de exabruptos ofuscados, sumando que ni siquiera se digne a dar ejemplos para sus categóricas afirmaciones, lo cual imposibilita toda opción de debate. En ambas se deja entrever la creencia de que el cine está hecho para complacer y no para sorprender. Que ha de regirse por unos patrones que den clichés vestidos de argumentos a los que agarrarse a la hora de comentarlo, para así tenerlo todo controlado (¿¡!?). Y si no es que te están tomando el pelo. No hay más.
Putrefacción en las butacas.

Este texto debía ser la crítica de The Box. Pero al ir a verla ha ocurrido algo que me ha impedido por completo hacerla. The Box era la película que más esperaba este año, era la primera película que iba a ver en pantalla grande de uno de mis directores actuales favoritos, estaba ilusionadísimo y atacado de los nervios a la vez. Este debía ser un día muy especial, y vaya si lo ha sido, pero en un modo muy diferente a lo que esperaba.
La sala estaba llena. Niños, mayores, pero generalmente críos aneuronales, y eso no lo limito a las personas de corta edad. A los dos minutos empezaron los comentarios: “aprieta el botón, coño”, “menuda rallada”. Nada que no me esperara, en realidad. Pero si ya estaban así en el principio, cuando todo era más o menos “normal”, no me quería imaginar las reacciones que soltarían más adelante. No había forma de meterse en la película, y el espectáculo era cada vez más y más bochornoso. Algunos empezaron a hacer ruidos y a agitar paquetes del modo más estruendoso posible. Cuando aparecía Frank Langella en la pantalla se oía un ”lámele la cara” acompañado de risotadas que no cesaban. Aguanté el suplicio durante casi 1 hora. Salí del cine y antes de cruzar la puerta, sin poder reprimirme, grité a la gente: “esto es vergonzoso”.
Al salir pedí en taquilla una hoja de reclamación. Ya sé que el cine no es responsable la que gente que va y que poco o nada se puede conseguir, pero quería al menos sugerir que cuando una situación así se diera, algún acomodador o empleado del lugar interviniera, porque aquello se había salido de madre. De nada servía intentar hacer oídos sordos o llamarles la atención en un tono cada vez más arisco. Cuando en Misión imposible 3 había dos o tres quinquis dando la brasa, bastó un grito para que no volvieran a abrir la boca en toda la película. Aquí era todo el cine. Todo.
Tampoco es justo culpar sólo a la gente de semejante bochorno. No sé a quién se le ocurrió la genial idea de proyectar una película como esta en el cine palomitero por excelencia de la ciudad, donde la gente va porque quiere estar bien cerca de su novia durante el susto de turno, que las explosiones y tiros les quemen los oídos o simplemente ”a ver que echan hoy”. En cualquier caso, estas decisiones derrumban el disfrute de muchos, pero claro, “y eso a quién le importa”.
Supongo que para los que sólo vayan al cine a entretenerse, esto no será más que levemente fastidioso, se descargarán los estrenos que quieran en una calidad insultante y se ahorrarán las chorradas del populacho. Pero cuando vas porque lo amas (tres cojones me importa lo cursi que suene esto), es una putada muy gorda y te joden muy pero que muy bien, porque tú seguirás yendo a disfrutarlo como se merece, y seguirás encontrándote con cosas como esta. Por mi parte, no sé si volver la semana que viene y terminar de verla. El precio de la entrada no me preocupa en absoluto, pero lo que tal vez debería hacer es preguntar en taquilla si ha entrado mucha o poca gente a la sala, con esperanzas de poder verla tranquilo. Porque, ¿dónde coño vivo que el pedir ver una peli tranquilo sea pedir mucho, demasiado?
Sólo hay algo que me consuela. Por lo que he podido ver, estoy bastante seguro de que The Box va a tener un éxito de taquilla considerable en España. La gente podrá echar cuantas pestes quiera al salir de la sala, pero lo quieran o no, han pagado la entrada. Y eso es lo único que necesita Richard Kelly para seguir haciendo cine.
Porque todo esto va sobre el cine… ¿O sobre pisotearlo?
Crumb.

Crumb no sólo llega a la raíz de la motivación artística, a describir con convicción la necesidad de hacer algo (lo que sea) que te aparte de la mugre que te acompaña día tras día y de amar apasionadamente el viejo y polvoriento cómic encerrado al fondo del último cajón que tan puramente rinde tributo a la inocencia de Bobby Driscoll.
No sólo es un impecable retrato a fondo del artista.
Muestra lo irreversiblemente nocivo de los lazos familiares, la extraña aparición de las orientaciones sexuales menos esperadas, el peligro que supone una estancia permanente en la frivolidad de la fama, en su mundo y con sus reglas, que puede llevarse a tu genio por delante a ritmo de rayas y de mujeres que jamás se habrían fijado en tu enclenque figura de no ser por tu obra. El abatido gesto de aislarse cuando la sociedad ya te ha tirado toda la mierda que podía. La angustia de ser talentoso y ver que las estructuras que deberían darte alas sólo fomentan el más ciego servilismo. Todo esto se expresa mediante declaraciones de tres hermanos, pero sobre todo, atendiendo a un hombre del que sólo me atrevo a decir sus iniciales: C.C. Cuando Crumb acaba, sólo esperas poder escapar pronto de la sensación de frustración y abatimiento que deja el haberse acercado un poco más a nuestra incierta naturaleza.
Muse – The Resistance.

En Black Holes And Revelations, Muse simulaban con arrebatos esporádicos de furia eléctrica y arreglos ávidamente insertados el éxito de álbumes anteriores, sin poder eludir la sospecha de que se trataba de mera apariencia. La efectividad del conjunto se sostenía por hilos de finísimo grosor. En The Resistance los arreglos han pasado a tener una presencia abusiva, quedando a la vista más que nunca la falta de un ideario que transmitir. Han estirado el hilo hasta cederlo.
Uprising, single estático y homogéneo pero prometedor en un modo muy similar en el que lo era Supermassive Black Hole, hace depositar unas expectativas en el resto de canciones que, de haberse cumplido, servirían para pasar por alto las flaquezas de este. Resistance levanta un poco el vuelo, pero se provee de arquetipos melódicos sin transformar ni adaptar a su estilo, limitándose a reproducirlos. Este síntoma nada por todo el álbum, especialmente en Undisclosed Desires, el tema más acomodado de todo el grupo con permiso de Starlight (y, aún así, resultón).
United States of Eurasia peca de demasiado referencial. No quiero ver a mi grupo favorito imitando a Queen de forma tan explícita y obvia. Unnatural Selection y MK Ultra, probablemente los dos mejores temas del álbum y que nos devuelven el espíritu más primigenio del grupo, tienen riffs potentes pero sin inventiva. Las tres partes de Exogenesis están francamente bien, pero no era el colofón que estábamos esperando. Si Muse quería componer una sinfonía ligeramente adulterada, habría sido más adecuado que la lanzaran en un EP, al menos se habrían evitado quejas y malentendidos posteriores. Pero querían darse un capricho y se lo han dado, con su estatus nadie iba a negárselo.
Lo más destacable de The Resistance es que, siendo su peor disco y la prueba tangible del agotamiento creativo del grupo, todas las canciones se encuentran lejos del tan acusado exceso, sólo que a cambio se bordea peligrosamente una mediocridad antes inédita que no hace más que avivar la sensación de que han perdido un poco el rumbo. Nos queda una sincera devoción por la música clásica y el aliento de las solemnes guitarras que les dieron a conocer. El hilo todavía no se ha roto.
El proceso: buzo-buzón de deseos.
He pasado todo el mes de agosto en tierras irlandesas, pero no es de lo que voy a hablaros hoy. Cuatro días antes de irme a Irlanda, volví de Dinamik(tt)ak ‘09, un campo de trabajo de dos semanas muy poco normal. Estaba orientado hacia la creatividad, y se desarrollaba dentro del museo Artium en Vitoria, dónde dormíamos, nos aseábamos… Y convivíamos con el arte desde el mismo momento en el que nos despertábamos. Pero tampoco voy a hablaros de eso. Os voy a contar cuál fue el proceso de creación de la última actividad que hicimos.
La idea surgió de un cuadro de inquietudes comunes. Cada uno dijo qué era aquello que le preocupaba, lo unimos todo en una especie de esquema existencial y pensamos en transmitírselo a la gente. Y así estuvimos un buen rato. ¿Por qué habría de interesarle a la gente lo que a nosotos nos preocupa? ¿No sería más enriquecedor hacerles partícipes de algo que no supusiera una mera recepción de preocupaciones ajenas? Tal vez eso era lo mejor. Del mismo modo en el que nosotros habíamos puesto en común inquietudes y deseos, dejar que la gente lo hicera también. Partiendo de este punto, el problema no era tanto encontrar una idea original, sino dar con formas originales de llevarla a cabo, de que la gente se involucrara.
Así pues, tras barajar un sinfín de posibilidades y relacionando todo lo que teníamos a nuestro alcance, nos pusimos finalmente de acuerdo en emprender una travesía en busca del imaginario colectivo local. Fuimos por las calles de Vitoria disfrazados con buzos, tocando una breve melodía inicial con dos instrumentos para que la gente se percatara de nuestra presencia, invitando a la gente a que compartiera sus deseos con nosotros, reivindicando su importancia en el día a día, animándoles a conseguirlos y grabando el acontecimiento. La gente podía decir a cámara su deseo, o si les daba vergüenza, pegar un post-it en el buzo. Repartimos flyers en los que explicábamos por qué coño íbamos con esas pintas, y qué se haría después de “la recolecta de deseos”. Se expondría un vídeo en el Artium sobre el evento y cualquiera podría ir a verlo gratuitamente.
Después, una ardua tarea de edición nos esperaba. Tenía que ser un vídeo corto, de unos 5 minutos. Había mucho material, del que desechamos una considerable porción. Ese día tuve mi primer encuentro con esa fascinante y enigmática herramienta que es el montaje, y la oportunidad de empezar a concebir sus infinitas posibilidades. Escogimos una música para dinamizar los momentos en los que íbamos de aquí para allá (necesarios por otra parte para evitar la saturación de deseos). No debía ser nada que acaparara atención, sino más bien todo lo contrario, que resultara invisible. Es increíble la cantidad de tiempo que hay que dedicar a tareas internas de las que la gente normalmente sólo se percata cuando salen mal. Si salen bien, confórmate con que nadie te diga nada. A pesar de todo, la experiencia de haber realizado un trabajo así en equipo eclipsó toda posible sensación de amargura.
Aquí está el resultado:
Jacek Yerka.
Os traigo la obra de otro pintor neo-surrealista, en esta ocasión del polaco Jacek Yerka. Comparte con Vladimir Kush su técnica depurada (acrílico sobre tela) y motivos aparentemente naturalistas, pero que reviste de un marcado simbolismo polivalente. Estos son algunos de mis favoritos, pero podéis entrar en su web, dónde hay bastantes más cuadros suyos:



















Pagafantas: Las reglas de la no-atracción.

El pasado lunes asistí al pase de prensa de Pagafantas a las 10:00 de la mañana en los Cines Capitol de Bilbao. Debe ser difícil encarar un largo cuando todo el mundo recuerda tu laureado y aclamado corto Éramos pocos, y va al cine con su título pegado en la frente, esperando si no una versión larga de aquel, sí algo muy similar. Pues no. Pagafantas, el debut de Borja Cobeaga en la dirección de largometrajes, es otra cosa. Aprendamos de una vez a valorar cada cosa por lo que es.
Pagafantas está ambientada en mi ciudad, Bilbao, y no negaré que eso hace que gane varios puntos muy subjetivos, pero con la cantidad de alegrías y reconfortantes sorpresas que me deparó la película, esto acabó siendo casi lo de menos. Empecemos por el principio. La película comienza con lo que parece el extracto de un documental, explicando lo que es “hacer una cobra”. Esta será la primera de un glosario de reglas de la no-atracción, o de la des-atracción, y su importancia será vital en cada paso del protagonista, llegando a convertirse en el centro de su existencia. Y todo por una cándida mujercita (encantadora Sabrina Garciarena) de atractivo acento argentino y loable figura que arrastra al protagonista a un tormento interior y exterior desquiciante tanto para él como para los que le rodean. Y ella ni cuenta que se da.

Lo que diferencia a Pagafantas de otras es la naturalidad y frescura que se consigue transmitir en cada escena. Y esa frescura proviene de los diálogos. Me parece realmente increíble que no se regodeen para nada en lo escatológico, siendo esta la tónica imperante en las comedias patrias. Aportan siempre algún dato de interés sobre el carácter de los personajes, abundan los dobles sentidos e incluso resultan insólitamente crueles en más de una ocasión (“eso no cambia NUNCA”, sentencia la madre). Lo que viene llamándose un diálogo inteligente, vamos.
Además, la realización es algo más que cumplidora. Planos muy escogidos, dinámicos juegos visuales en las elipsis y un dominio del ritmo sorprendente, sobre todo para tratarse de un debut: no se puede decir que haya una sóla escena demasiado larga, ni otra demasiado corta. Pagafantas es una película prácticamente perfecta (aunque odio esta palabra) para sus ¿escasas? pretensiones. Y pongo “escasas” entre signos de interrogación porque plasmar las inquietudes de toda una generación de Pagafantas y mantener al espectador durante hora y media riendo sin que tenga que preocuparse por su salud mental, no es, en absoluto, moco de pavo.
Pagafantas se estrenará con 230 copias en España, algo casi inaudito echando un vistazo al resto del panorama español en cuanto a distribución. Espero que eso ayude y se coloque entre los primeros puestos de taquilla (en el primero a poder ser). Porque, esta rara avis dentro de la comedia española, se lo merece.

Después de la proyección del film, Borja Cobeaga y parte del equipo hicieron una rueda de prensa en la sala, en la que tuve ocasión de hacerle una pregunta (contiene un posible SPOILER):
- Teniendo en cuenta el placer (o dolor, puntualizó Cobeaga) que produce ver en la pantalla tantas cosas con las que identificarse, ¿no crees que el protagonista merecía algo mejor al final de la película, aunque fuera como bálsamo contra la cruda realidad?
Cobeaga me contestó con un rotundo “no”. Por un lado, me dijo que yo, como fan de Lost (llevaba una camiseta de Dharma), debería saber que el ofrecer un final concluyente carecía de importancia si el recorrido había valido la pena, y en este caso un final feliz iba en contra del espíritu de la obra. Me dijo que le interesaba, sobre todo, la humillación constante del protagonista, y había que ser consecuente con eso. No habría soportado ver a Claudia soltar un falso: “te quiero, Chema, de verdad“. Además, así quedaba la posibilidad de una segunda parte aún más alocada. En resumen, todo el equipo muy majo y dispuesto durante la rueda de prensa, la verdad es que fue un placer estar ahí y… Que vayais a verla, coño.